Astra manipulaba una esfera de un mineral brillante, mientras observaba desde detrás de la cortina de su habitación, a su mamá adentrandose en el laberíntico jardín plantado de árboles frutales en compañía de Minos quien obedientemente recolectaría los cítrico maduros. Se cercioró de que estubieran bien adentrados.
Su mirada bajo hacia el escritorio donde observó al pez que ya hacía flotando sin vida sobre la superficie.
Sacó al ser inerte y lo arrojó por la ventana. Abrió el primer cajón y sacó todas las linternas que coleccionaba el abuelo.
En el centro del cajón colocó cuidadosamente la esfera y la rodeó con todas las linternas excepto dos. Las encendió colocándolas todas alrededor de la esfera, alumbrandola. Eran de todos los colores visibles.
Notó como los halos se mezclaban, el azul con el verde formando cyan, el verde con el rojo formando amarillo, el rojo con el azul formando magenta, y todos conjugados iluminando de luz blanca la esfera mineral.
Con sumo cuidado cerró el cajón cuidando que la posición de los objetos no se alterara. Volvió a mirar por la ventana al par distraído por las plantas, tomó las dos linternas que apartó pareció encenderlas pero estas no emitían luz alguna, las sacudió y las colocó cerca de su rostro haciendo casita para obstruir la luz del día. Dió media vuelta y se aproximó a la pared. Tomó una de las linternas y alumbró la pared, donde con un sutil brillo azul, se develó un símbolo en forma de estrella pintado sobre la pared.
Lo presionó y de los ladrillos se develó un surco que le permitió abrir la puerta oculta. Entró y cerró con cautela silenciosa.
Milo suspendió la actividad que estaba haciendo por un instante, y volteó hacia la ventana de la habitación de Astra. Se quedó mirando un segundo, y luego volvió a sus labores, sonriendo complaciente a la mamá que le enseñaba lo frescas que estaban las naranjas.
Mientras bajaba la escalera, la linterna con luz ultravioleta pintaba de azulado el entorno permitiéndole descender por la espiral de escalones, pero resaltando los blancos, permitiendo observar pequeños detalles en la oscuridad.
Una mariposa nocturna se posó sobre la pared, mostrando patrones hermosos, una araña caminó junto a esta, develando una marca como un reloj de arena brillante. Ella sonrió y sus dientes emitieron un brillo intenso.
Luego de algunos minutos llegó al vestíbulo de un gran salón alumbrado por una sutil penumbra proveniente de un lejano brillo. Astra miró maravillada las hileras de estanterías llenas de libros, luego de recorrer con la mirada aquel lugar decorado con formas nouveau, suspiró diciendo:
“Genial! ¿Y ahora por dónde empiezo?”
“¿Puedo ayudarte en algo?” Murmuró una suave voz detrás de ella.
Astra brincó gritando. Identificando una figura holográfica.
“Lo que faltaba, otro maldito Robot!”
“Robot?” Preguntó la entidad flotante, mientras se volteaba a ver las manos por ambas partes, y luego volteaba hacia atrás de sus hombros como tratando de encontrar algo.
“Ah sí, robot!” Terminó por afirmar. “Sigueme, tengo algo para ti” y avanzó flotando atravesando a Astra. Al hacerlo, ella se sacudió por un escalofrío que le sacudió el cuerpo.
Avanzaron por varios pasillos, al hacerlo, la chica alumbraba con las dos linternas
Las cortillas de los libros, develando el nombre de los mismos. El cruce la la luz ultravioleta de una linterna, junto con el rojo profundo e intenso de la otra, formaban un blanco, pero diferente al de la luz del día o las velas, y al juntarse sobre los libros mostraban los caracteres de los título, cosa que con la suave luz de la penumbra eran totalmente invisibles.
La proyección se detuvo de pronto y estiró un brazo para señalar uno de los libros. Astra no se percató así que en lugar de estrellarse con la figura, ambas entidades ocuparon el espacio por un instante obligando al cuerpo de Astra a tomar el tomo, con una pequeña sacudida producto de su empalme.
La entidad se separó y observó: “tus antorchas se han caído” señalándolas con su dedo glicheado.
-”Si, ya se, gracias!” Contestó sarcástica la chica que con una mano sostenía el libro y con la otra se estiraba en el piso, tratando de recogerlas.
-”Qué es esto que me haz dado?” Preguntó mientras se levantaba para percibir que la entidad ya no estaba ahí
-”Robot! Eh robot! Te estoy hablando! Máquinas taradas” terminó refunfuñando.
Sobre una vieja y polvorienta mesa, depósito el libro pasando las hojas, mientras sostenía las dos linternas.
Astra sabía leer, era de las pocas personas ya que habían aprendido la habilidad de convertir ideas abstractas en conceptos, en imágenes mentales en su cabeza capaces de detonar ideas.
-”Ooookeeeyy” pronunció lentamente. “Así que geometría será…”. Cerró de golpe el libro, lo recogió y continuó caminando entre los pasillos. Sin dejar de caminar, tomó otro libro al azar, solo como entretenimiento y atravesó una pared marcada con un signo de estrella que se encontraba frente a ella. Apareció en una larga alacena, de donde tomo un paquete de spaghetti y lo guardó en su largo sueter negro. Salió por la puerta de la alacena hacia la cocina y solo se detuvo un micro instante al notar a su mamá y Milos entrando a la cocina.
“¿Qué andas haciendo?” Preguntó su madre.
-”vine por algo de comer”
-”Mira estas mandarinas están preciosas.”
-”gracias, están perfectas” contestó a su madre, mientras tomaba una y continuaba caminando hacia la salida de la cocina, en su caminar paso junto Minos, a quien se le quedo viendo con cara de suspicacia, Minos se le quedo viendo siguiéndola con la mirada también, e intentaba asomarse para ver los libros que la joven disimuladamente escondía.
Astra llegó a su cuarto, cerrando la puerta. Puso el libro junto a su escritorio, el otro lo aventó en el piso junto a otra pila de más libros.
Cerró la cortina, encendió en tocadiscos, y del cajón sacó la piedra esférica que ahora brillaba más, cargada de la luz de las linternas.
La colocó sobre el escritorio iluminando la superficie, y junto a las otras linternas.
De la pila de libros tomó un atlas, y tomándolo como referencia, dibujó con in marcadors, un boceto del contorno de la tierra sobre la cáscara de la mandarina. Abrió el libro que obtuvo de la biblioteca y observó una página con diagramas de pirámides.
Luego volteó las páginas del atlas rápidamente, marcando locaciones con puntitos sobre el mapa de la mandarina.
Al finalizar, con su larga uña pintada de negro, hizo una endidura en la fruta que le dio su madre, tomó la piedra mineral y la depósito dentro, hundiendola en el centro, y la cerró. Abrió el paquete de espaguetis y los insertó en cada marca de las locaciones del mapa.
Sumergió la mandarina en la pecera y la colocó en el centro de su habitación. Cambió la página del libro antiguo, donde se mostraba un diagrama de una figura toroide.
De otro cajón de su escritorio sacó un par de anillos de metal, y con ellos puestos, comenzó a mover sus manos en círculos alrededor de la pecera.
La fruta comenzó a rotar, y a través de los espaguetis, la emanación de energía de la piedra del interior, comenzó a proyectarse como puntos de luz sobre las paredes.
Astra se sentó a ver el espectáculo de constelaciones rotando en su habitación.