Y sostuvieron la sonrisa todo el tiempo que duraban los créditos, mientras sacudían la mano mirando en varias direcciones hacia las cámaras. Mientras, los jóvenes, reían y reían a carcajadas. Hasta el malo desenmascarado atado de las manos y entregado a la justicia reía, y los interminables créditos se deslizaban por la pantalla.
La audiencia seguía aplaudiendo vigorosamente de pié con las manos enrojecidas sin decaer el ánimo incentivados por las luces de “aplausos”, y los aleteos del floor manager.
En cuanto gritaron “Corte!” todos exhalaron profundamente, y se vió a varios encender un cigarrillo, mientras los asistentes se marchaban exhaustos a sus casas, a vivir felices por siempre.
Una vez terminado el cigarrillo, Gaya regresó a casa a poner dos cargas de lavadora y barrió el patio. El Príncipe Iker se quedó recogiendo, cargando y guardando el material del estudio de grabación. Cuando Gaya sacó los uniformes de la secadora mandó unos mails con material para los nuevos episodios, e Iker llegó a tender camas, preparar cena y dormir a los niños.
Los niños no dejaban de llorar, de comer, de aprender, de crecer.
Cuando finalizaron el día se acostaron exhaustos sin hablarse a ver en redes sociales historias y opiniones acerca lo indignante que es vivir en sociedad, acompañado de episodios de máxima aspiración, felicidad y deseo, entre los cuales pudieron ver unos de los materiales anteriormente producido por ellos, no le prestaron atención al contenido, solo vieron el indicador numérico en la parte inferior.
Cerraron los ojos dejando caer el dispositivo y soñaron ser felices para siempre, algún día… juntos.