Andrés fue despertado por su mamá muy temprano, le cambió la playera y le puso shorts, hizo una mochila con la poca ropa que tenía y la puso en la entrada.

“Ve a desayunar, ya está servido sobre la mesa” le informo a Andrés quien todavía estaba atontado quitándose las lagañas.

Fue a la mesa y su mamá les había hecho una enorme milanesa con papas, ambos con el sabor particular de la manteca. Tomó un sorbo del líquido del jarrito de barro. Era chocolate con agua, ahí se acostumbraba así.

“¿Listo campeón?” Preguntó su papá mientras le frotaba la cabeza despeinando. “Vamonos!”

El papá se aproximó a la mamá y la hermana dándoles un abrazo fuerte.

La señora se limpió las manos en el delantal y se inclinó a darles la bendición.

“Andrés, cuídate mucho, y cuida también a tu padre”.

Andrés se despidió con la mano de su hermana, quien ya hacía al lado de la fuente de la entrada de la casa, asomándose con curiosidad al exterior.

Se subió al jeep, ahí ya estaban sentados otros dos ingenieros.

Encendieron el vehículo, las luces y se pusieron en marcha.

El camino era largo y lleno de curvas, por un momento Andres se acostó en el asiento de atrás, pero eso empeoraría las cosas un mareo le hizo ponerse verde y devolver el huevo con frijoles, por suerte el ingeniero Grinberg, a su lado, se fue percatando de la situación desde hace tiempo y rápidamente preparó un cucurucho de periódico para recibir en el interior, el vómito del niño.

El camino a la costa del Golfo se caracterizaba por esos caminos, donde las nubes quedaban por debajo de los barrancos al lado de la carretera y las cumbres de la montaña, para luego obstruir la vista con una densa neblina que apenas permitía ver a unos metros adelante. 

Andrés estaba asombrado, cómo es que se encontraba en medio de una nube, siempre imaginó que las nubes eran como algodones de azúcar, pachoncitos, como almohadones donde reclinarse a descansar con rayos del sol iluminandolo como agraciado por Dios.

Y solo estaba rodeado por un lienzo blanco, como si todo su entorno no hubiera sido dibujado todavía.

En medio de esa densa capa blanca de nubes, llegaron a la primer parada, una cabaña que se identificaba por las luces encendidas, que se distinguían de la blancura a pesar de ser ya medio día.

Ahí hacia otro grupo de ingenieros, que saludaron de mano haciendo un gesto apretando la parte inferior de la mano y luego sin separar el pulgar, alternaron para apretar la parte superior de la mano de sus compañeros.

Apuraron sus bebidas en tarros de barro, y despidiéndose de las señoras que amablemente atendían el lugar, abordaron otro jeep con las mismas características como aquel donde Andrés y su papá llegaron hasta ese lugar, con la diferencia que tenía enganchada detrás una gran máquina verde de llantas muy grandes. Se pusieron en marcha.

Así siguieron un buen trecho y la humedad incrementaba junto con el calor. El camino pavimentado había quedado hace tiempo atrás y con la lluvia que había dejado de ser brisa, convirtieron el camino de terracería en una lodosa trampa.

Los jeeps sortearon con los marcados picos y surcos de las llantas los obstáculos sin problema, hasta que el camino se vio interrumpido.

Frente a ellos un rio separaba con su fluir el trecho, el Jeep ya antes había pasado por riachuelos sin problema, pero este si se veía grande. De un árbol un grupo de cuerda gruesa se extendía por encima de sus cabezas, hasta la otra orilla.

El papá de Andrés volteo a ver al niño que ya estaba parado en medio de los asientos delanteros mirando con curiosidad el río. Sonrió, le acarició la cabeza vigorosamente despeinándolo, y bajo del auto emitiendo un fuerte silbido: “Ti-tu Ti-to”, asi repetía Andrés tratando de emular el sonido.

Otra vez chifló el alto señor de lentes redondos, peinado engomado para atrás, camisa blanca arremangada, pantalón de lona café y botas de obrero. Era delgado y por su altura toda la ropa le quedaba holgada, así que la apretaba firmemente con un cinturón de cuero. 

El sonido del silbido provino de los labios y una herradura que hacía con los dedos posicionándolos ligeramente sobre la lengua. André lo veía e imitaba la posición de los dedos soplando y soplando hasta que un sonido agudo logró salir de su boca.

Andrés sonrió orgulloso y el ingeniero Grinberg asintió con la cabeza.

Del otro lado del río se escuchó una réplica con las mismas notas: “Ti-tu Ti-to”

Y un grupo de hombres salió detrás de la maleza cargando una gran superficie hecha de troncos de madera.

Extendieron sus propias cuerdas sobre aquellas que atravesaron el rio y con estas amarradas a la superficie de troncos la pusieron a flotar sobre el agua.

Este encordado evitaba que la corriente se la llevará, la mitad de los hombres subieron con palos largos al tablón y comenzaron a impulsar la balsa como tocando el piso y empujando.

Por el tamaño de esos palos, el rio era más profundo de lo que Andrés pensaba.

Los hombres llegaron hasta la otra orilla ¿y ahora que?

En el frente de jeep había un carrete con un alambre amarrado y en el final un gancho. Este fue amarrado a una de las cuerdas que trajeron los hombres del otro lado, la pasaron enganchando a las otras que pasaban por encima de la cabeza y los hombres que quedaron a la optra orilla la jalaron recibiendola y extendiendo todo el alambre del carrete del jeep. Del otro extremo del rio, amarraron el gancho y el alambre alrededor de un árbol grueso. Una vez hecho esto, silbaron y mostraron los pulgares arriba.

Había llegado la hora de la verdad. 

El papá de Andrés subió al vehículo y le hizo el además a la cabeza a su hijo para que hiciera lo mismo. Andrés pelo bien los ojos. Y subió detrás de su papá pescado bien del asiento. El papá encendió el vehículo, y accionó otro motor que tensó el alambre,  y muy lentamente avanzó hacia la tarima de troncos posicionados encima de la misma

, los hombres estabilizaron la tarima con los palos y lentamente comenzar a avanzar lentamente bamboleándose por la sutil corriente hasta llegar al otro extremo.

Repitieron el mismo proceso con el otro jeep y al final tras un proceso largo lograron hacer el mismo proceso con el remolque que llevaba la maquina solo que invirtiendo el sentido de los alambres, donde con el poder de los dos jeeps lograron remolcar el tablón con toda la masa de metal y llantas, y la destreza de los hombres balanceando palos y su peso sobre los tablones, ofrecieron un espectáculo artístico circense.

Esa noche se ofreció una basta cena al exterior de la hacienda que los hospedó, con las frituras de un cerdo al cual se le aprovecharon todas las partes del cuerpo, y cuya piel dorada daba toque final a los tacos. El papá de Andrés tomaba entre sus manos un trozo de chicharrón y lo trituraba frotando sus manos convirtiendo en un toque nevado el suculento platillo rematado por una salsa roja y limón. Un jarro de barro lleno de mezcal humectaba el paso, y relajaba el cuerpo tras la expedición. Andrés se deleitaba con una bebida gaseosa naranja en un embase de cristal, el cual, posteriormente agarro de instrumento musical, por la caracteristica forma segmentada del vidrio.

Al dia siguiente se levantaron nuevamente temprano para cumplir su misión. Después de deleitarse con el aroma de unos huevos revueltos bañados en salsa, se pusieron en marcha. Con los vehículos y el remolque se adentraron en la selva hasta llegar a un plantío cafetalero.

Los ingenieros bajaron la maquina del remolque, y los campesinos llamados por el hacendado se reunieron en torno.

El papá de Andrés comenzó a explicar con calma, empatía y un lenguaje claro los beneficios de el artefacto que había traído, como un un evangelizador trayendo la palabra de un nuevo profeta.

Los campesinos se rascaban la parte trasera de la cabeza y se volteaban a ver los unos a los otros.

“Y aqui para demostrar lo fácil y segura que es la maquina, mi hijo un niño pequeño de 7 años se los va a demostrar” – dijo el papá de Andrés mientras le extendía una mano para que subiera, y con la otra giraba la llave de encendido.

“¿Yo?” Pronunció para sus adentros el apenado niño, que de repente sintió las miradas compasivas de las campesinas, y las risas burlonas de los hombres.

Andrés con la ignorancia del fluir que tiene un niño pequeño, y la confianza ciega que un padre representa, subió decidido al aparato, delante de su padre, cuyo cuerpo utilizaba como respaldo, y sostuvo el volante.

El padre pisó lentamente el acelerador, y el tractor comenzó a desplazarse. Los campesinos avanzaban despacio junto al vehículo, mientras los ingenieros que acompañaban la comitiva señalaban la hierba y granos que se acumulaban en unas redes detrás de aquella impactante y nueva máquina que había llegado a sus vidas.

Andrés y su padre siguieron desplazándose por el plantío dejando atrás a la comitiva, e impregnados por el aroma del café. El sol de la mañana iluminaba el rostro de Andrés que feliz volteaba a ver el rostro de su padre en señal de aprobación. El ingeniero de lentes lo volteó a ver. Asintió, y le despeinó la cabeza, diciendo: “Muy bien campeón”.

Esa imagen era el único recuerdo que necesitaba en su cabeza, todas las ausencias, angustias, regaños, o momentos de dificultad futura, no trasenderían en su memoria, más que esa conexión que se estableció en ese momento.

Esa noche, el calor era intenso, y el grupo de ingenieros se acercó al rio a refrescarse. Eran otros tiempos, y la gente podía aún meterse a nadar en el agua natural. Tampoco existía la malicia y desconfianza de tiempos futuros. Era una época dorada, donde los niños podían vagar solos por la calle y tener aventuras sin mas temor que al ser juzgado por una deidad en el día del juicio final.

Los ingenieros retozaban en el agua como niños pequeños, Andrés también. Su papá los observaba sonriendo sin perder la compostura, y tomando notas ocasionales en una libreta que guardaba en el bolsillo de su camisa de franela.

A Andrés lo ponían en un extremo del río, y por su liviandad, la corriente lo deslizaba hasta la otra orilla donde los otros hombres lo recibían.

Los hombres se reunieron en torno a una fogata a secar sus cuerpos. Las estrellas lucían brillantes desde este lugar alejada de la civilización, civilización que ahora ellos venían a traer.

Una sutil nube de estrellas se insinuaba en el cielo y Andrés la veía con detenimiento. “La vía láctea” – le dijo el ingeniero Grinberg.

Otro ingeniero dijo – “Y pensar que todas esas estrellas se encuentran a distancias impresionantes, y que su luz tarda millones de años en llegar a nosotros”

“Nunca llegaremos a otro planeta, nada puede viajar mas rápido que la velocidad de la luz” – dijo otro ingeniero 

“Eso no es cierto, esas son jaladas!” – Dijo el ingeniero Grinberg “Claro que se puede, solo que el hombre se limita solo por lo que puede percibir con sus sentidos, pero existen cosas mucho más allá de lo que vemos, allá arriba hay un “atole” de cosas!”

“La luz es lenta por el medio en el que se desplaza, ¿o acaso crees que los planetas solo flotan y los soles solo brillan en el completo vacío?. Hay una gran red, una gran lattice de energía que lo une todo y a todos, y en esa red hay conexiones instantáneas entre partículas subatómicas a extremos del universo.”

“¿Ya empezamos con las pachequeces ingeniero?” Rieron a carcajadas todos.

“Ando experimentando con la refrigeración” – continuó.

“Cuando tu gritas, el sonido tarda en llegar de un lado al otro, cierto, y es tan lento que cuando rebota puedes escuchar el eco.

Cuando gritas en el agua, el sonido ni sale bien, y no porque te ahogues, si no por que no es un medio propicio.

¿Pero qué pasa si hace rato en el río, nos hubiera caído un rayo?. De inmediato acaba con todos nosotros” – Andrés se estremeció con la idea. “Porque el agua conduce electricidad de forma diferente”

“Ajá” asintió el papá de Andrés 

“Bueno, cuando conduces electricidad por metales, si el voltaje no es el adecuado, el circuito se quema, o simplemente las resistencias se calientan y reducen la conductividad.”

“Ajá” volvió a asentir el hombre de lentes redondos

“Bueno he estado jugando con conductores y semiconductores en condiciones climáticas frías, y la conductividad es mucho más eficiente, el desgaste es menor y mis juguetitos funcionan… “ ¡Fit! Emitió un chiflido corto mientras guiñaba un ojo.

“¿Pero eso qué tiene que ver con viajar al espacio?” Preguntó Andrés.

“Ah es que los electrones son solo una partícula, una piecesita de los átomos, los bloques que componen nuestra realidad, nuestro universo. Y si estas se mueven a velocidad diferente en diferentes medios, debe haber otra forma en la que se trasladen por la red, por la lattice.”

“Si, si tu y tu lattice, vas a volver loco al niño.

¿Pero entonces, sigues con lo de los refrigeradores?”

“Si, de hecho vinieron unos orientales a ver mi sistema de enfriamiento para ver si aplican mi patente en sus productos. Parece que vienen con todo, quieren conquistar el mercado de los gringos.

Te deberías de venir a chambear conmigo Pancho, la podríamos armar en grande”

“No Jacky, tu sabes que a mi me encantan los trenes, yo estoy convencido de que podemos conectar a todo el país, y así con esa conectividad darle chamba a muchas personas. Es como tu lattice, pero en la vida real, donde las distancias se acorten.

Así no tendríamos que atravesar toda la selva para llegar a Tamasunchal a traer sólo una máquina.

Es  más, así tus orientales podrán llevar sus refrigeradores a todos lados.”

“Si, entiendo pero esos del sindicato son…”

Andrés se había quedado dormido junto a su padre, él lo cubrió y noto sobre la manta un alacrán. De inmediato uno de los ingenieros saltó, sujetó al alacrán por la cola, le quitó el aguijón y se lo tragó completo, seguido de un buche de mezcal.

Pasó todo el trago y dijo “De donde sacan esas jaladas inge, seguro de sus viajes con la Pachita esa.”

“Les juro que yo la vi con mis propios ojos y estaba completamente sobrio” – dijo el ingeniero Grinberg mientras enrollaba unas hierbas en papel arroz, con la facilidad de quien enrolla una tortilla recién salida de la tortillería. Lo encendió exhalando una gran bocanada de humo, y mientras pasaba el rollo de hierbas dijo:

“Materializó en el aire ¡Organos! ¡Organos humanos!… Como si los hubiera descargado del origen mismo de la lattice…”

Los ingenieros lo miraron divertidos y comenzaron a reír, acomodados para escuchar un relato que anteriormente ya habían escuchado, y que sabían les daría diversión para un buen rato.

El ingeniero interrumpió:

  • “Esperen, antes de eso déjenme contarles que ahi por Ameca-meca, por mi rancho, encontré una puerta que me llevó a otra realidad. Ya se que nunca me creen nada, pero esto es en serio.

Lo mas loco es que me percaté que una vez descubierta, hay de ese tipo de puertas por todos lados, de hecho vi una  cerca de aquí”

El padre de Andrés negó con la cabeza, con una sonrisa de complicidad, y otro ingeniero río a carcajadas:

“Ay si como no! A ver  cómo llegamos a esa puerta?”, preguntó.

“Ese es el detalle, ahí está la clave del misterio: No hay camino, se hace camino al andar”.