Despierto y abro una carta sin remitente que dice:
“¡Felicidades! Has completado otra vuelta más alrededor del sistema.
Y seguramente nuevamente te estás preguntando:
¿Qué he hecho de mi vida?
Y todos te festejarán y te dan un pastel lleno de crema batida, que te inflamara los intestinos, te subirá la glucosa, acumulando grasa en tu estómago.
Como las que felicitan a la embarazada haciendo un babyshower regalándole pañales para recordarle la gran cagada que acaba de hacer y que lidiará con caca durante muchos años más.
O la gran celebración de una boda, para festejar que dos individuos son lanzados solos a la selva a lidiar el uno con el otro, aguantándose, mientras pierden su rango de acción, adquiriendo responsabilidades heredadas e impuestas.
¿Qué loco no? Te la pasas toda tu vida trabajando desesperadamente, esperando juntar algo para algún día poder retirarte y así poder dejar de trabajar. Y aun así no puedes salir.
Estás otro año más dentro de la esfera, ojalá que el karma no te haga reencarnar en otro ser, similar a ti.
Pero tengo un plan. Tendrás más noticias pronto”
La carta venía acompañada de una llave.
Llevas años encerrado en una cárcel y no te has dado cuenta. Cuando naces en ella es difícil que consideres tu estatus de libertad ya que nunca has conocido ese concepto.
Lo curioso es que aún dentro de este estatus de prisionero hay todavía otra dimensión adicional de cautiverio.
Una cárcel dentro de una cárcel, y adentro aún otra cárcel. De tal forma que para alcanzar la libertad hay una serie de capas que traspasar.
Es como estar encerrado en una caja de cartón y puedes escuchar voces afuera y un pequeño punto de luz que se cuela por una esquina. Y cuando por alguna circunstancia puedes salir de esa caja te encuentras en un cuarto. Y piensas que esa es la libertad. Cuando en una pared de ese cuarto acolchado descubres una ventana, te permite ver que estás dentro de otro complejo por donde pasean doctores.
Tras intentos desesperados de gritar e interactuar, descubres las dinámicas internas, que te permiten salir del cuarto engañando a quien trae la comida, que se la pasa haciendose guey en el trabajo.
Paseas por los pasillos del, ahora entendido hospital, para descubrir que estás confinado a un área específica de donde no puedes salir libremente a causa de los barrotes. Lo cual te devela la prisión donde te encuentras.
Es gracias a tu astucia y labor verbal que un día por fin sales de esa hectárea de cemento y metal para saborear, de lo que hasta hoy consideras, la máxima libertad.
Esa es la caja que hasta hoy conoces.
Pero las capas, las dimensiones continúan, sólo que no has podido verlas, pero así como en esa pequeña caja inicial de cartón donde te encontrabas en un inicio, hay unas voces y pequeños haces de luz que te dan la pista de que hay algo más ahí afuera.
Hay un giro, a esta visión de prisionero intentando eternamente escapar de sus cárceles mentales: La eternidad.
En esta cárcel purgas una condena temporal momentánea. De la eternidad no se puede escapar.
“La vida es un helado. Lo puedes disfrutar o no, pero igual se acabará”, leía por las alcantarillas debajo de la cárcel, mientras escapaba de los perros de rastreo corriendo hasta el risco de desaguaba toda la suciedad de la cloaca hacia el mar infestado de tiburones.
En mi pecho había amarrado con un pedazo de tela la llave que venía con la carta. Lleve mi mano al pecho. Sujetaba fuertemente la llave en mi mano.
Por supuesto que no había marcha atrás pero deseaba fervientemente destrozar el cráneo de alguno de esos perros antes de saltar. Un golpe seco mientras los demás aún ladraban con saliva entre sus fauces.
¿Por qué mi celda tenía las paredes acolchadas?
Y ahora a saltar.