Gaya llego al refugio conducido por la Astra. El lugar que se había elegido era hermoso, lleno de vegetación y muy iluminado. Ella no vió nada a su alrededor, ya habría tiempo para explorarlo. Camino con la vista fija hacia la entrada del recinto, se hincó y sacó de su bolsa una vela y un fósforo. Lo frotó vigorosamente contra el piso y la encendió para el. Como una luz tratando de orientar a las almas del purgatorio, esperando que ese pequeño brillo pudiera darle orientación en su camino.
Exhalo con los ojos serenos con la mirada en el piso, pero la observación a sus adentros. Se llevó las manos al rostro y lloró.
El origen de Gaya era un misterio, un misterio sobre todo para ella que la atormentaba. Ella así como Cosmo un día solo apareció sin memoria, pero con breves visiones y flashazos de recuerdos del pasado o del futuro que cegaban momentáneamente su razón.
Gaya estaba ya tranquila, y meditaba observando el tenue rojo profundo que creaba la luz de sus párpados cerrados.
Pero el color de su interior pronto se tornó en el rojo violento de la irá que le ocasionó salir de ese trance.
Minos la había sujetado y levantado violentamente para conducirla a regañadientes hacia la parte posterior de la residencia donde observó un vasto jardín, grande circular con sembrado en forma de espiral lleno de girasoles.
Volteó hacia arriba con furia, con los ojos aun inyectados de sangre, a ver la cabeza con cuernos del imponente Minos, que señalaba el prado.
Con un movimiento rápido del hombro se liberó de la mano de ese extraño ser, y refunfuñando se agachó y recogió de un movimiento rapido y certero, un cesto que se encontraba a su lado. Se arremango la blanca blusa y se dirigió a adentrarse en el plantío a recolectar.