En un principio no había nada, sólo pequeñas chispas y recuerdos, pero precisamente por existir recuerdos, no podía no haber nada.

Ícaro fue instruido por Dédalo en el uso de herramientas, muy pocas pinturas rupestres quedan de esos pasajes, pero fueron esenciales para orientarlo en el uso de las mismas. Dédalo era un gran constructor que mejor dedicó sus días a explorar los alrededores, que en desarrollar maquinaría sofisticada para poder salir, él mismo se describía como simple, y la voluntad era la de los dioses y no la suya.

Ícaro observaba al cielo y veía como las nubes semejaban la espuma del mar. Una vez escuchó que no es que el viviera en la superficie de la tierra, si no en el fondo de un mar de aire, Eso hizo asumir que había otras capas por dónde desplazarse.

Cuando las aves migraron dejando a su paso plumas, pudo construirse sus propias alas, no dudó en surcar los aires y lanzarse entre las nubes.

Ahí tuvo su primer acercamiento con los astros y el primero en deslumbrarlo con su luz fue la luna.

Fue muy fácil llegar a ella y habitar en sus cráteres, en sus valles, en los mares donde sacio su sed hasta ahogarse. Justamente en ese periodo de inocente exploración de los cielos, fué cuando escucho hablar de otro astro, el Sol, que era capaz de iluminarlo todo.

Imaginaba con la luna, sus rayos naranjas que brillarían coloreandolo todo, y juntos pensaron incluso la posibilidad de ir a descubrir al astro rey.

Era posible, incluso una vez dibujaron planos de artefactos que les permitirían llegar.

Aunque la luna tenía ciclos traslatorios muy estables, los eclipses eran inminentes.

Los planos se desecharon, la luna siguió la trayectoria de su propia órbita, e Ícaro mareado, producto de las fuerzas de gravedad, saltó y cayó por primera vez.

Fué una caída desde una gran altura. Mientras descendía a gran velocidad, ante el inminente impacto, la vió alejarse, haciéndose pequeña a la distancia, pero siempre la luna, siguió irradiando su propia luz.

Al contrario de lo que ícaro pensó, el impacto no fue tan desastroso. En su descenso recolectó plumas de aves nuevamente a su paso, equipando sus alas para volar de nuevo.

Ícaro regresó por un corto tiempo al laberinto, las cosas eran diferentes. Dédalos se dedicaba a sus inventos, volaba por las noches, se juntaba con Baco y otros parientes de deidades, regresaba al despuntar el alba desatando la furia de la Medusa, quién miraba enfurecida los deterioros en el laberinto que dejaba el descuidado Dédalo en sus trayectos.

Ícaro tampoco duraba mucho tiempo, recorría descalzo los pasillos del laberinto y luego se elevaba. Había encontrado placer recorrer astros celestes con pretexto de encontrar al Sol, quién en silencio, a través de la llama interior, que continuaba llamándole.

En su trayecto al Sol se topó con Venus. Un mundo de metales fundidos, volcánico, feroz, pero con ciudades civilizadas bien trazadas. Cuándo Ícaro descendió, fue recibido con asombro y cautela. En su recorrer fue ganando el aprecio de la gente que a través de las alas que ícaro les mostró a fabricar, pudieron ver el cosmos de forma diferente. Les enseñó formas creativas de evolucionar, con la inventiva que Dédalo le heredó.

Pero algo aterrorizó a la gente que vivía en ese planeta. Los pies del ícaro descalzo perturbaron la pulcra limpieza metálica de la ciudad, con la sucia y húmeda tierra de entre los dedos de los pies.

De un día para otro ícaro fue desterrado sin explicación alguna.

Resulta que de la tierra comenzó a crecer hierba y un árbol, cuyas raíces desestabilizaron los cimientos de la ciudad. Los guardias fueron convocados de inmediato a vigilar, ocultar y contener ese árbol.

Ícaro intrigado rondaba en silencio el planeta. Un pequeño Astro floreció de aquellas ramas, y la ciudad comenzó a prosperar.

Ícaro deambuló por el sistema, por los planetas y sus lunas. Quedó embelesado por las visiones de otros mundos detrás del cinturón de asteroides. 

Saturno tenía una hipnotizante belleza. Las tormentas líquidas de los gigantes gaseosos y el halo que circulaba alrededor del planeta eran una obra de arte. A veces dormitaba en una luna cercana solo para amanecer y admirar la magnificente vista.

Pero la tierra y húmedad, la de sus pies, no generaría árboles ahí. Saturno tenía otros planes. Ser liviano, magnífico, gaseoso y brillante. Un poema en el cielo.

Siempre había tenido inquietud del extraño poder de la tierra entre sus pies, y ahí fue donde todo se comenzó a complicar.

  • Aquí es cuando sintió que ya la hubiera conocido de otros tiempos, como si todo hubiera sido develado poco a poco para contemplar el brillo del Sol, de cerca, con su calor tropical y esa sofisticación que dan las vidas pasadas.

Después de planear todo ese viaje para una nueva aventura, eligió a una bruja.

Otra alma vieja, como un cuento de hadas contado desde el contexto de un realismo mágico. Gaya. Tierra fértil, poseedora de agua, atrae a las aves y los animales para gozar de la prosperidad.

Después de mucho trabajo y cultivar semillas, el planeta floreció, y de las hierbas nacieron flores que giraban en torno a la luz.

Durante los viajes había luchado batallas con astucia, siempre saliendo bien librado. 

Gaya siempre ha sido siempre un planeta hostil, así como atraía a seres de primavera, también podía atraer a los seres nocturnos, al principio las aves trinaban, pero después murciélagos extractores de sangre fueron también llamados, junto con las sombras de la oscuridad. Asi como un día el hábitat podría llenarse de mariposas amarillas, sin previo aviso la noche era infestada por las bestias venían a defecar secando toda la tierra fértil. Aún así decidió establecer una base, creía tener las habilidades y herramientas para tener el ambiente bajo control.

La energía de los hechizos que invocaba ella, trajo bestias cada vez más grandes convirtiéndose en la ama de dragones. Pero un día cualquiera de exploración y lucha, una de sus embestidas, con la fuerza de sus conjuros y bestias, utilizo las  herramientas de Ícaro en su contra. Como en el tai chi, su propia energía fue potenciada por los conjuros de la oscuridad invocados, recibiendo una ataque lo agarró por sorpresa y mal parado.

Fué derribado perdiendo el equilibrio, el planeta expulsó todas sus construcciones, en una violenta erupción de energía, incendió los cerros y desplegó auroras visibles hasta el ecuador, malficiendolo, y eso pasó. 

Memorias de aventuras pasadas se convirtieron en fantasmas. Fue un año muy caluroso, intensas tormentas inundaron los poblados. 

Los polos se habían invertido.

Al enterarse del daño, desde otros planetas mandaron emisarios, unos para atestiguar y otros para contribuir al debilitamiento. Su finalidad no era acabar con el, solo hacerse presentes y asumir una postura.


Logró salir del campo de guerra, pero le acertaron una herida. Su energía, sus defensas no respondieron igual que en la juventud, estaba cansado. Momentáneamente había quedado ciego, de tanta luz.


Quedó pálido, rengueando, y con las alas rotas.

Nuevamente cayó, cayó desde muy alto, pero mientras lo hacía le vinieron recuerdos de otras guerras, e imágenes de seres abominables, fuego, llamas, reptiles. Eran visiones muy vívidas, y se vió a sí mismo repetido como demonio, como varios demonios.

Pero, a pesar de todo durante su estancia, logró conjurar  los antiguos hechizos, invocándola, a esa vieja alma cuya promesa de reencuentro había ofrecido en otras vidas, en otras dimensiones. En esa vida anterior habían sido separados, y quizá en muchas otras vidas más, pero no pensaban descansar hasta encontrar un tiempo, un espacio para poder disfrutar de un momento juntos. 

Y fue así, y no llegó sola. Pequeños astros desde las hierbas habían florecido, a pesar de todo y sin que pudiera verlo por la ceguera de las explosiones, había alcanzado una meta, los astros brillaban.

La cera de sus alas se había derretido, pero sabía que podría volverlas a construir, más fuertes, con nueva tecnología.

Por lo pronto, solo había un lugar a donde ir, de vuelta al laberinto.

Ícaro nunca fue consciente de su naturaleza, no era más que un simple electrón orbitando en el sistema, dejando energía en su trayecto, su destino no estaba en sus manos, solo cumplía su trayectoria, lo que hace que las cosas tengan otra perspectiva es la escala, en tamaño, en tiempo, todo es relativo. ¿Un simple electrón puede tener su propia historia?

No es coincidencia o sincronicidad que las partículas se atraigan o se repelan, tampoco que en movimiento, contacto u desintegración de las mismas, se emita energía. Tampoco que se produzca entrelazamiento entre dos electrones que pudieran estar al otro lado del universo, o incluso en otro. Todo lo que sucede mientras tanto es el camino.

Así pues el trayecto de Ícaro, Hikari, un pequeño fotón, una breve chispa de luz.