Así como la vecindad del parque, había otras más, con la misma dinámica: concreto, raíces, parques, metal, hojas, y mucha madera blanca. Era la visión de las comunidades que se erguían verticalmente entre la eterna bruma blanca.
Cosmo pasaba tiempo en una comunidad vecina, donde uno de sus amigos Cypherducks vivía, Oz. Iban todos los viernes por qué él les había contado que un grupo de músicos había sido escuchado cerca. Eso era algo atípico, y no porque estuviera prohibido, sino porque pocos sabían como hacer la música trascender más allá de los instrumentos. Lo difícil en ésa época era plasmar las ideas en un sustrato duradero.
Eran súper valiosos los discos de vinyl, las películas de 35 mm que contenían memorias de tiempos pasados. Los viniles eran difíciles de conseguir, pero no imposible, de hecho tenían algunos que escuchaban regularmente.
Unos los habían recuperado de familiares, siempre había algún tío que conservaba alguno y que voluntaria o involuntariamente lo heredaba a algún jóven.
Cosmo se quedaba por horas observando los surcos, en los discos. Cerraba un ojo, cerraba el otro, recorría la espiral completa intentando descifrar el código. Le parecía increíble que una onda de sonido haya sido cautivada en ese sustrato. Tenía que haber una forma de leerse o interpretarse, sin tornamesas. Al fin, no eran más que ondas.
También se contaban relatos, repetían historias que habían escuchado a sus padres o abuelos, o en ocasiones, inventaban cuentos o poemas al vuelo.
Showre (Show para los cuates) conocía muchos y muy interesantes.
Una vez les contó de una antigua sociedad que se reunía en templos donde practicaban día y noche para dominar sus cuerpos y sus mentes. Vivían bebiendo mucho té y barras de proteína animal. Contó que solían hacerse pequeñas aberturas en la frente, justo entre los ojos. Las aberturas, muy pequeñas, las trataban con hierbas y dejaban curar por días en absoluta oscuridad. Y cuando les retiraban la curación y regresaban a la luz, podían ver una nueva gama de las ondas del espectro de luz.
Esa gama les permitía ver el campo energético de los humanos, su temperatura, pero también su estado de ánimo, incluso saber si estaban mintiendo.
Otra vez contó que estos habitantes de la antigua civilización, monjes les llamaba, armaban artefactos a base de varas de los árboles y papel, así como ese material blanco que abunda ahora, y con formas geométricas se divertían haciendo cometas elevándolas por los aires.
Esa idea fue genial, así que armaron sus propios cometas como los imaginaban, unos con formas triangulares, romboides, pero tenían que ser siempre planas para ser más ligeras. Y si pasaron buenos momentos con esos artefactos. Estos eran elevados por el viento y desaparecían a la blancura de la bruma blanca que lo cubría todo.
Aquel día era una ocasión especial, la bruma era más ligera que de costumbre, y permitía ver algunos metros más a la distancia con claridad. Se había corrido la voz que exhibirán un film de 35 milímetros.
Cosmo se sentía extraño, esa semana había dado su primer beso en la boca.
Pensaba confundido en esa lengua que se había insertado entre sus dientes. Y cómo él no supo cómo reaccionar y solo le quedó abrazarla y decir “nunca pensé que te podría querer tanto”. De hecho ni la conocía, pero pensó que era lo que se decía en esos momentos. Lo había visto en un film.
Saliendo del film vagaban por las calles donde comerciantes en el piso exhibían sus productos, un extraño anciano vendía rocas, se acercaron a ver sus productos, quién compraría una roca?, Pero una de ellas llamó la atención de Cosmo, una extraña espiral se grababa en una de ellas, se agacho para preguntar por ella, y de inmediato el anciano comenzó a bendecirla mientras repetía extraños cánticos en un idioma desconocido. Cosmo notó un extraño brillo en la roca, frotándola para percibir que los matices de gris cambiaban a su roce. En ese momento tuvo una extraña visión, como si el día fuera derrepente más claro y bullicioso, solo duró un instante. El anciano hizo señas de que se la llevara, era un presente. Cosmo se la enseño a sus compañeros los cuales asintieron, le hicieron una reverencia al anciano y siguieron su camino.
Show continuó un relato anterior de la nada, como siempre solía hacerlo.
- Los monjes se ataban a esos cometas!
- Se elevaban por los aires y podían ver a la distancia. No existía esta bruma, el cielo era azúl, y podían ver montañas verdes, con sus picos blancos, pero no por la bruma, sino por otro estado: la nieve, un material en el planeta que ahora solo era un mito.
- Flotaban por encima de los árboles, mientras los monjes en tierra, controlaban las cuerdas haciéndolos virar.
- ¡Qué tal! Hombres volando en cometas.
Otra vez Show nos contó que los monjes pudieron separar su alma del cuerpo, y flotar como los cometas, para poder visitar a sus amigos y poder saludarlos en sueños, mientras un cordón de plata los mantenía unidos a sus cuerpos.
Cosmo quedó embelesado por la idea de monjes voladores, sobre las montañas sostenidos de un hilo.
Pensó en la historia de Ícaro y la posibilidad de construir sus propias alas.
Inspirado, escribió un poema, algo sublime que describía la sensación del vuelo, con el aire pasando sobre el rostro y entre las extremidades, mientras viraba con sutiles movimientos que reflejaban grandes cbios dada la gravedad y ña velocidad.
El poema versaba: “Savari Kensi, Savari Kensai, you can see the man in comets that fly”
Pero los docentes no creyeron que lo hubiera escrito él, y le aseguraron que había robado contenido de algún culto antiguo.
Eso le valió que lo expulsaran del programa de aprendizaje. Al poco rato a Show y a Oz también los obligaron a darse de baja.
Pero siempre tendrían sus patines para encontrar nuevas formas de aprender.
Aún quedaban muchos días de verano para disfrutar.