El ingeniero decidió conectar el Azul.

Así que aquel día Iker  despertó en el sillón de su estudio, rasco su cabeza adormilado y se aproximó a la ventana, donde se encontraba la barra de la cocina. Sirvió una taza de café y elevo la vista atravesando con ella el cristal donde se veía el paisaje lleno de lomas con segmentos de tonos de verde, a causa de las diferentes plantaciones que convivían con el bosque del rededor. El cielo era adornado por unas cuantas nubes blancas, lo cual indicaba que en algún momento quizá por la tarde regarían de bendiciones aquellos prados, pero que por lo pronto hacían lucir más azul el cielo.

Volteó para ver a Cosmo inclinado sobre los planos que describían la próxima estructura de luz. A unos pasos de él, Julia examinaba la veta del tablón de madera que enmarcaría esa pieza, Astra tocaba trozos de textiles mientras miraba también una copia de los planos. Aquellas obras funcionales, que iluminaban habitaciones de colores cálidos, mientras emitían frecuencias vibratorias tranquilizadoras entendidas por los receptores humanos, como sonidos. Los suficientemente compactos para ser transportados por una persona, pero lo suficientemente extensos para enaltecer los espacios de los hogares.

Iker los observaba trabajar tan concentrados y motivados por las sensaciones visuales, sonoras y táctiles que motivaban a sus chicos a compartir momentos de creación juntos. Habían pasado tantas vidas, tantos obstáculos, tantas historias para poderlos reunir.

No necesitaban estar hablando, su comunicación se materializaba en piezas que otras personas podían apreciar, usar y hacer parte del lugar que compartían con los suyos. Solo estaban ahí juntos, hanguenado, creando, en el taller de sueños.

El taller era basto, todo un piso elevado, con máquinas de corte, impresión, herramientas y plantas. Con esa magnifica vista hacia las lomas del rededor. Una edificación sublime con pisos para crear, pisos para habitar, y terrazas para contemplar, para agradecer, para recordar el camino, para dejar ir lo olvidado, para aceptar el porvenir. La “alama de las plantas” había sonado, un breve sonido programado como recordatorio para hacerlos pausar de sus actividades y conectar con el entorno. Astra abrochaba sus patines y recogía la brújula. El aditamento con la rosa de los vientos que apuntaba a la estrella Polar, el astro, el sol lejano, el norte. Cosmo recopilaba los almuerzos que Julia había preparado en las mochilas aladas junto con linternas y aditamentos electrónicos para el camino. Julia por su parte se colgaba al cuello las piedras brillantes, sólidas, firmes y frágiles, dadoras de energía, le colocaba también collares a sus hermanos y padre, dándoles un beso en la frente a cada uno. Iker daba un sorbo a su bebida, para acompañarlos escalera abajo. La habitación quedaba vacía salvo por el espíritu alado que los veía descender, y volteaba girando alrededor de la habitación, reparando en los planos, las maderas cortadas, los circuitos, las placas, las tiras de luz hasta culminar en el gran ventanal donde se veía a los exploradores adentrarse nuevamente en el bosque, por alguno de los múltiples caminos que se abría mientras ellos sólo avanzaban.