Pues sí, gritaba ella:
—¡Estoy muy estresada! No quiero trabajar, quiero ser mantenida, quiero tener muchos “amigos” —decía haciendo una seña de comillas con los dedos mientras lo miraba desencajada y amenazadora—. ¡Quiero ser la madre de mis hijos, tener una gran casa! ¡Quiero correr desnuda en un campo de girasoles! ¡Quiero regresar a mis vidas pasadas!

Y tras este último grito, se comprimió a sí misma hacia su centro, haciendo implosión y desapareciendo, dejando solo unos hilitos de humo que se disolvieron rápidamente.

El padre de sus hijos, y los mismos niños, se quedaron atónitos, volteando hacia los lados tratando de encontrarla o de hallar alguna explicación. El chico se asomó detrás de la barra de la cocina de madera donde unos instantes antes estaba su madre, e incluso abrió los gabinetes, como si se hubiera escondido ahí.

La hija más grande volteó los ojos hacia arriba con el desenfado de una adolescente y, en el lugar donde la estela de humo había aparecido, cerró su puño, como capturando algo. Se dio media vuelta y subió a encerrarse en su cuarto.

Gaya apareció en la cabecera de una larga mesa. Volteó y reconoció los platos con imágenes de lugares remotos decorando el espacio. Notó un cigarro entre sus dedos; hizo una mueca con la boca, diciéndose a sí misma:
—¿Por qué no?

Dio una bocanada que llenó sus pulmones y sintió ese muy sutil alivio de ansiedad que las hierbas enrolladas de tabaco le generaban.

Una muchacha, la mayor de todas, traía un platón que alimentaría a la tumultuosa mesa. Observó un tazón de sopa y una cazuela con un suculento guiso.

—¿Dónde está el cucharón? —preguntó con voz firme y de autoridad.
—Perdón, mamita, ahora lo traigo —respondió la hija con las manos aún ocupadas.
—¡Sí serás mensa! —le acertó.
—¡Sí que mensa soy! —se murmuró para sus adentros la mayor de las hermanas.

Gaya regresó su vista hacia la mesa.
Ahora sí, todo estaba en su lugar. Dio un sorbo a su tequila cuando una de sus hijas la interrumpió:

—Mamá, el ingeniero está muy guapo y me pidió que fuera su novia.
—¿Qué ingeniero? —volteó para encontrar la fuente de la voz.
—Ese, el huésped. El que viene de fuera.
—¡Ah! —reconoció el rostro de su hija más pequeña, la favorita, la más risueña—. No, mijita, no tengas novios —le decía mientras le daba palmaditas en la mano—. Ten amigos, muchos “amigos”, así serás más feliz. Mírame a mí: mira esta gran casa, mira el testimonio de mis viajes.

Se levantó de la mesa abordada por un recuerdo, aquel que le trajo un papiro egipcio colgado en la pared. Salió al patio para encaminarse al jardín.

—¿El ingeniero? ¡Ay, Dios mío, qué escándalo! —se escuchó la conversación de la hija mayor difuminándose.

Gaya continuaba hacia su jardín, con una pequeña fuente en el centro, y levantando la vista se encontraba un gran monumento: una estatua de una mujer emanando líquido de unos cántaros, cual milagro bíblico, con su misma imagen, rememorando su figura y su actitud con las que embriagaba a los hombres con el brebaje de su amor.

Y detrás se alzaba una gran loma cubierta de girasoles, todo esto en medio del pueblo.
Un pueblo, en secreto, dedicado a ella y a las herederas de sus dotes.

Sí, los tiempos eran muy diferentes en ese entonces. Los pueblos habían sido apaciguados después de una gran guerra, que, como tantas, fue a causa de un nuevo descubrimiento tecnológico.
Así que eran tiempos de calma, de volver a reproducirse, de comprender la nueva tecnología que acercaba a las personas… y era el motivo de la presencia del ingeniero.

En esa vida no se preocupaba por nada. Ya nadie la perseguiría por sus poderes especiales: todos estaban muy distraídos con los nuevos dispositivos y sus mentiras.
Cualquier truco que ella realizara quedaría disfrazado.

Mientras miraba el prado y su monumento, recordaba los otros tiempos, aquellos donde los suyos levantaban su esfinge en medio del oasis.
—¿Trabajar? —se preguntó, soltando una carcajada.
Dio otra chupada a su puro.

—Me daré un baño de leche —se dijo, añorando aún las vidas pasadas.