Cosmo regresó de una encomienda de la abuela: perejil, manzanilla, semillas de café y un libro.

Los puso sobre la mesa y exhaló en señal de cansancio.

La abuela se sentó a su lado y agradeció. Tomó el libro y lo puso de costado, y alejó un poco para poder admirar el canto. Lo miró unos instantes y emitió un “mhm”.

Cosmo no comprendía que tanto admiraba la abuela sobre esos bloques blancos de papel. Todos eran iguales, algunos mas gruesos y otros más delgados.

Quizá era eso, quizá el grosor influía en el sabor.

La abuela se encontraba ya moliendo hierbas secas en el molcajete, no muy pulverizadas, no muy grandes. Colocó el libro junto a ella y la abrió, lo examinó unos instantes y se echó a reír. Luego volteó a ver a Cosmo que lo observaba con un asombro de rutina, medio intrigado pero medio familiarizado. Lo miró con una sonrisa amable pero compasiva.

Luego volvió su mirada al libro y dijo: “Así que vamos Casiopea, paso a pasito” y arrancó una hoja para esparcir las hierbas y formar una línea sobre estas, y luego se dispuso a enrollar el preparado, acercandolo a su boca, para pasar sutilmente su lengua y humedecer el borde lo mínimo indispensable para que se adhiera al borde formando un cilindro, que después torcería de los bordes.

Se levantó con lentitud y se acercó a los muebles de su pequeña pero iluminada y surtida cocina. Sacó de un cajón un instrumento con un alambre doblado en arco y un cilindro en uno de los lados, cortito como una tapita.

Apretó los dos alambres entre sus manos unas tres ocasiones, y cada vez que realizaba esta acción, uno de ellos se recorría, por una superficie rugosa dentro del cilindro, sacando sutiles chispas de luz. Acercó el dispositivo a las hierbas secas del molcajete y nuevamente lo presionó repetidamente hasta que unas chispas cayeron y comenzaron a humearlas. Posteriormente sopló hasta que el humo se convirtió en llama.

Con la palma de la mano hizo un gesto queriendo acercarlo a su rostro e inhaló y luego realizó el mismo gesto en dirección a Cosmo, y sonrió. Luego, antes de que el fuego consumiera el resto de las hierbas, tomó su rollo de papel y lo encendió colocándolo en su boca y succionando una inhalación. Después exhaló una bocanada de humo.

Todo el ambiente se impregnaba del olor de las hierbas.

Separó el alambre que frotaba el interior del cilindro, y de la punta del mismo, extrajo una pequeña piedra oscura y dijo. “Luego me traes otras piedras como esta, yo aca las corto. Es que esta ya esta muy gastada”. Luego se levantó y dijo: “¿Te preparo chocolate?”.

Cosmo asintió y la abuela abrió su puertecita secreta y exclamó: “Ah qué carambas! Ya no tengo leche!”

-”Abuelita ¿De donde sacas la leche?”

-”Ahorita vez. Acompáñame.”

La puertecita secreta era una placa metálica, muy pulida y redondeada, no más alta que la abuela, que encorvada, le llegaba a Cosmo por debajo del pecho. Tenía una manija que al jalarla hacía un “click”. Ahí adentro la abuela guardaba bebidas y otros alimentos. La abuela abrió la puertecita, y luego introdujo su mano para jalar otra palanca similar en el interior que Cosmo nunca había notado, y todo el interior se abrió como otra puerta donde se percibía una tenue luz en el interior.

“Ven.” Dijo la abuela, avanzando segura sin esperar al joven.

Entraron a una pequeña habitación que dejaba entrar la luz por las uniones de las ramas y troncos que conformaban su estructura.

En el interior había muchos frascos con hierbas, extraños artefactos de metal y madera, utensilios metálicos y un sin fin de instrumentos antiguos de cocina que la viejita había acumulado en años. Le costaba mucho desprenderse de los objetos materiales. Esa colección le recordaba la maravillosa experiencia del contacto físico, única en este mundo, y siendo la cocina, más. Cocinar es materializar el amor en algo que se comparte y alimenta.

Cosmo buscó en todas direcciones tratando de identificar más botellas de cristal con leche en el interior. No recordaba haber visto desde afuera este anexo a la cocina, prestaría más atención la próxima vez.

Había unas sillas de forma curveada, encima una vasija de barro, y arriba un pequeño banquito de madera y ratán. Detrás de todo estos objetos, se encontraba otra puertita secreta, igual a la anterior, también redondeada. Para Cosmo ambas llevaban unos garabatos hechos de una placa metálica, estirados horizontalmente con razgos redondeados que subían y bajaban. Para la abuela, eran letras de estilo retro que representaban la marca del aparato: “Grinberg”

-”Abrela!” Ordenó la abuela, dulce pero firmemente, mientras empujaba las sillas que impedían el paso.

Cosmo procedió con cautela con una mano “click”, y con la otra, cubrió sus ojos de la enceguecedora luz que emanaba de adentro.

La abuela le dió un ligero empujón en la espalda animandolo a entrar.

Cosmo dió un paso y giró la cabeza tratando de localizar a la abuela a sus espaldas.

Y ahí la vió, pero la puertita y la habitación no estaban, se vió en medio de un pastizal, giró la cabeza hacia  adelante y se topó con la cabeza de un ser enorme con cuernos, que exhalaba aire caliente de una húmeda nariz, justo en frente de él, mirándolo fijamente. Era grande, y estaba un poco más alto que el. Este momento sólo duró un instante, lo que él percibió fué un minotauro emanando rayos eléctricos .

Cosmo se fue de espaldas y cayó a los pies de la abuela quien reía sosteniendo su cigarro en la boca, y el banquito de ratán en la otra.

Era una vaca, mugió y se dio la vuelta alejándose lentamente.

Cosmo no se incorporó, respiró unos instantes y siguió tendido terminando por acostarse por completo en el pastizal, había algo particular en ese lugar, el cielo era un poco más oscuro, pero a la vez más brillante. Y los objetos tenían una sombra diferente, más definida y marcada, a un costado, debajo de los árboles, de los muros hechos de columnas de piedra hexagonal que rodeaban ese páramo, de su mano, de su brazo. Es como si Cosmo siempre hubiera vivido en un mundo a medio render con una oclusión de ambiente, y hoy una capa de textura e iluminación se hubiera develado ante él, todo era en blancos y escalas de grises, eso si, pero esa bruma que no le permitía ver mas que a un par de metros adelante, no estaba. Podía ver con nitidez a todas las vacas pastando a su alrededor con definidas manchas negras en su lomo; y el cielo, y “…qué son esas manchas blancas en el cielo” pensó.

La abuela pasó encima interponiéndose entre su visión proyectando una dura sombra y dijo:

  • “Deja de andar buscando formas en las nubes y ayúdame a encontrar semillas de cacao en esos árboles de allá”

Mientras señalaba a la distancia. La anciana siguió avanzando y colocó la vasija de barro y el banquito de ratán debajo de una vaca.

“Nubes!” Se repitió a sí mismo Cosmo.

Continuo caminando en la dirección señalada, admirando la variedad de árboles frutales, arbustos, hierbas de olor, cuidadosamente separadas y alineadas con unas tablitas clavadas.

Trató de identificar el árbol de cacao prestando atención a la forma de las hojas y a oler con atención, cerrando los ojos para concentrar plenamente su atención en un solo sentido.

Al abrirlos notó que algo se movía rápidamente a la distancia, detrás de un árbol notó movimiento y un torso humano se asomó de lado dejando colgar una trenza y una luz brilló, una luz de color. El mismo color que había visto antes con su recién recuerdo olor a albahaca.

“Es ella!” Gritó para sus adentros, corriendo en esa dirección. La figura femenina corrió rápidamente y escaló los árboles hasta llegar a los muros que delimitaban el prado y el cielo. Cosmo corría lo más rápido que podía, desde abajo, sin perder de vista a la muchacha en las alturas.

“Julia! Julia!” Gritaba “Espera!”

Ella volteó y sin dejar de correr solo lo miró, sonrió y brincó como hacia el otro lado del muro.

La abuela al escuchar los gritos de Cosmo solo apartó un momento la vista de las ubres de la vaca en dirección al muro de piedra basáltica, y luego volvió a su labor.

Cosmo regresó corriendo al centro del pastizal donde estaba la abuela, sin apartar la mirada de los muros tratando de encontrarla de nuevo. Se acercó a la abuela estirando el brazo, y queriendo tocarla para llamar la atención, pero sin apartar la vista de la distancia, cuando sintió que la abuela colocaba la vasija en su mano y le decía:

“¿No trajiste cacao verdad? Vamos, que tengo que hervir esta leche.”

La puertita estaba justo enfrente de ellos. Cosmo miró asombrado. Y cruzaron.