Es un misterio el proceso por el cuál todos los libros fueron blanqueados en sus letras e ilustraciones, dejándolos como bloques de papel. 

Los Cypherducks eran originalmente este grupo de hackers que se debatían entre la culpa y la lucha rebelde. Tenían la misión de recuperar la información que entregaron a los gobiernos, al construir sus famosas cadenas de redes descentralizadas, que prometían un mundo nuevo con una libertad financiera, auto gobernabilidad, y un concepto avanzado de inmersión digital, o Gelfish, nombre con el que lo comercializaban.

Gelfish tuvo varias evoluciones en su conexión, al principio con unos cascos que cumplian la misión de proteger el rostro de la pandemia mientras proyectaban historias interactivas que podían ser controladas con las manos, además de dar acceso a toda la información de la red (muy polémicos, se registraron casos de gente enloqueciendo). Una versión de camas de inmersión se hizo muy popular por las sensaciones táctiles (de acceso limitado por su costo, y de la noche a la mañana fueron descontinuados). Al final todo se simplificó en una conexión neuronal, un pequeño dispositivo implantado fácilmente mediante una actualización de vacuna.

En un principio estuvo bien. Pero al despertar todos del sueño colectivo, las cosas eran muy diferentes.

Esta estrategia de descentralización del internet, sólo concluyó en el conveniente control del flujo de información digital, y pudo concretar los deseos de los siempre avariciosos y sedientos políticos, que reescribieron toda la historia a su conveniencia, y crearon una caricatura que los enaltecía como bondadosos dioses ante los cuales rendir una sumisión absoluta. Todo registro de información de avance tecnológico, científico, social, histórico que no les favoreciera o hiciera mención a su figura divina, fue borrado.

Para ojos de la población, vivían en una sociedad sumamente avanzada, pues convivían todos en un mundo de respeto, tolerancia, lenguaje inclusivo. El acto de quejarse era penalizado.

Pero un día sin aviso y sin razón, todo el sistema colapsó.

La verdad de lo ocurrido previo a este gran borrado de información, residía solo en la cabeza de  pocos ancianos sobrevivientes, que nunca tuvieron conexión neural, y cuyos relatos eran tachados por los expertos y los jóvenes como delirios, secuela de las pandemias, muriendo poco a poco con ellos.

La abuelita que vivía en el árbol, era una de ellas. Mientras Cosmo y su tío cargaban las bolsas del mercado, ella relataba fantasiosas historias de la antigüedad. Como aquella acerca de ciudades con construcciones piramidales por distintas partes del mundo, habitados por nativos que no portaban vestimenta, ni siquiera cubrebocas, que intercambiaban una especie de tokens llamados semillas, de donde provenían las frutas. Historias así totalmente disparatadas.

“A pesar de que todos contaban con dispositivos electrónicos, casi todos eran para recibir información y hacer aportaciones acotadas, pero pocos podían contar con los complejos y costosísimos dispositivos para generar inputs. Se llamaban teclados y mouse, eran aparatos rudimentarios difíciles de utilizar, tienen caracteres extraños que solo pocas personas comprenden y cables que se unen a cajas que consumen mucho espacio y energía.

Esas eran las herramientas de los Cypherducks, creo que he visto uno, pero no se donde”.

Relataba la abuelita mientras realizaba sus ritos extraños donde enrollaba plantas en las hojas blancas de los libros que guardaba en su cocina.

Luego en un acto de magia, hacía girar una pequeña rueda que sacaba chispas, con esas encendía fuego en otra pila de hojas finamente cortadas, y con esa llama encendía el carrete de plantas que elaboró para llevárselo a la boca y sacar humo de ella.

Luego se sentaba y se echaba a reír.

Al principio Cosmo la miraba con asombro, casi nadie genera fuego en el mundo físico, es sumamente peligroso. Comunidades enteras había sido consumidas por el fuego. Es muy difícil de controlar, era un castigo de los dioses. Pero en las manos de la Abuela, ese fuego convertía los líquidos, hierbas y carnes en deliciosos platillos humeantes.

“Vayan y encuentrenme más libros que se me acaban los porros.” Decía. “Y tráiganme también albahaca”