Iker durmió profundamente esa noche y despertó sin cansancio. Volteó a ver a los chicos que dormitaban profundamente en el taller.
Una tenue aurora se colaba por las ventanas: una escena rutinaria. Se levantó al baño a echarse agua en la cara. Miró su reflejo y observó su larga cabellera cana; se tocó la barba y acercó su mirada al espejo para reparar en sus ojos. Era una rutina normal; sin embargo, algo había diferente.

Miró la palma de sus manos: siempre había una letra ahí, una letra A. Apuntó su palma hacia el espejo y, sin embargo, se reflejaba una letra V. La sensación de extrañeza lo envolvió. Volvió a ver su mano, torciendo la muñeca y la cabeza para encontrar la letra que se veía en el espejo.

Unos brazos lo envolvieron.
—Estoy lista. ¿Me acompañas a hacer los trámites? Sabes que no me gusta ir sola —decía la mujer blanca mientras se acomodaba los rizos rubios frente al espejo.

Iker observaba el azul de sus ojos en el reflejo, mientras asentía con una sonrisa. Había olvidado que la había invitado a pasar unos días en el taller. Ahora las cosas eran muy diferentes de cuando la conoció explorando el espacio. Ambos presentaban canas y gravedad en el rostro y en el cuerpo. Sin embargo, la rutina era la misma de hace tantos ayeres.

Iker tapó a sus hijas al salir, sin hacer ruido para no despertarlas. Cosmo se despertó sutilmente y le sonrió a su papá. Éste le hizo señas de que lo esperaba abajo.

Bajaron a la puerta de la calle. La sutil iluminación naranja de la mañana permanecía; a la distancia, la gran sección del planeta gaseoso y un anillo que partía la bóveda celeste a la mitad adornaban todo el cielo. Iker observó la escena con un extraño sentimiento.

Se sentaron en el café de siempre. Tomaron la mesa habitual en la terraza, viendo pasar a la gente por la avenida. Pidieron café y permanecieron en silencio, solo interrumpido por esporádicas palabras.
—Están grandísimos tus hijos —dijo ella con su acento extranjero particular.
Él asentía. Le encantaba ver su perfil, el contorno que hacía su nariz y la comisura de su boca. Ella lo sorprendía mirándola embelesado y le devolvía la sonrisa.

Los chicos se integraron para acompañarlos en el segundo café. Desayunaron en abundancia. Astra intercambiaba palabras en el idioma de ella. Él nunca aprendió el idioma, pero a Astra le habían enseñado en la escuela. Le llamaba la atención su profesión: había decidido dedicarse a diseñar planetas.

Cuando terminaron de comer, apresuraron el jugo y se pusieron de pie.
—Nos vemos luego, pá, nos adelantamos —dijeron.

Ambas chicas le dieron un beso a papá. Cosmo despeinó la coleta de su padre, sobando violentamente su cabeza. Se despidieron cortésmente de la invitada y se perdieron entre la gente de la concurrida y pintoresca avenida, llena de puestos de bazar de arte y antigüedades.

Los dos adultos se encaminaron al Palacio de Cristal, donde recibirían inspiración proveniente de obras de artistas consagrados del pasado.
A pesar de haber estado ambos en dicho lugar, no dejaban de asombrarse de la majestuosa arquitectura Art Decó, con elegantes mármoles negros y metal dorado dentro del recinto.

Al llegar a la exposición, la cabeza de ambos se tornó en grandes manzanas verdes.

Iker comenzó a sentir incomodidad y despertó sintiendo la cabeza pesada. Sentía cómo la sangre comenzaba nuevamente a fluir hacia su cerebro. Este malestar lo aquejaba desde hacía tiempo; lo atribuía a una mala alimentación y al desgaste.

A pesar de que él y los chicos pudieron alimentarse durante el camino —bendecidos por la naturaleza, que en estado libre es capaz de dar diversos frutos con solo estirar la mano hacia las ramas de los árboles—, durante el cautiverio, la estancia en la cueva y el camino de regreso fueron deteriorando su salud. Hacia la segunda mitad de la vida no es que el cuerpo siga proactivamente regenerándose; todo lo contrario.

La ventaja de esta condición era que su sueño era más profundo y se le presentaban imágenes más vívidas; la desventaja era que no sabía si en alguna ocasión podría no despertar de ellos.

Tras unos minutos sentado al borde de las improvisadas camas, estabilizando su circulación, se levantó hacia el baño para cumplir con sus necesidades fisiológicas. Se aproximó al lavabo y observó su cabello escaso. Abrió la llave del agua para mojarse la cara y, al hacerlo, volvió a ver su mano. Ahí estaba la letra. La levantó a la altura de su rostro para observar el reflejo: nada fuera de lo normal. Suspiró.

Cojeando ligeramente, pero confiado en el aditamento, se aproximó a los aparatos electrónicos.

Astra lo interceptó para abrazarlo.
—Buenos días papá —le dijo.