El mejor momento para trepar el árbol y visitar a la abuela era cuando la tarde terminaba y empezaba a oscurecer. Con el cansancio del día y el descenso de temperatura, la abuela nos convocaba a “beber”, así decía ella.

Una vez que Show fue a pasar la tarde con ellos, se sorprendió del término, pensaba que la abuela quería embrutecerlos a todos brebajes tóxicos. Todo lo contrario, las tardes se acompañaban de sopa caliente, estofados, té, chocolate con leche, dependiendo del ánimo, donde los líquidos siempre sagrados jugaban un papel protagónico. Show era leeento para comer, por eso era mejor invitarlo para el almuerzo, porque en el desayuno era desesperante.

La abuela contaba historias, casi siempre comía o muy rápido, acabando antes que nosotros, o al final, una vez que nos hubiéramos ido. Su charla era el platillo principal, que por respeto y hambre había que degustar, no importando lo disparatadas de sus historias.

El tío no era tan cortés, el se levantaba de la mesa con los platos terminados, los enjuagaba, porque por alguna razón, la abuela nunca permitió que se lavaran, y se echaba al sillón a dormitar, como desinteresado y desfachatado. Aunque siempre a media platica desde el sillón entre ronquidos, soltaba alguna risotada, comentario o pregunta que ensalzaban la conversación.

Esa noche Show y Oz nos acompañaban, y la abuela hablaba del cielo.

“Había leyendas…” Así comenzaba todas sus narraciones.

 De cómo los antigüos observaban por la noche cientos y miles de soles diminutos, tan pequeños que no eran capaces de iluminar juntos la noche, pero esto era por su lejanía y arreglo.

Esto del arreglo se me hacía difícil de entender. Contaba que algunos astros se juntaban en remolinos que giraban a una velocidad increíblemente grande en torno a un hoyo, pero que nosotros somos tan chiquitos que no podemos darnos cuenta de ese movimiento, y que nosotros éramos parte de uno de esos remolinos. De hecho, antigüos a los antigüos podían ver por las noches una porción de ese remolino, que se prolongaba por el cielo blanca y brillante por las estrellas que la conformaban, como leche derramada. Incluso le llamaban algo así, el camino de leche.

Y que siempre fue anhelo de los antiguos el poder alcanzar esos soles, pero nuestra pequeñez de escala era directamente proporcional a la grandeza de sus mentiras. 

Contaba que los más poderosos se regocijaban con el poder del alcance de sus mentiras y se ponían a competir entre ellos. Entonces un día contaron a todo mundo que habían alcanzado a un astro cercano que manipulaba la energía de la tierra a través de los fluidos, algo muy complejo lo de ese astro que me comentó en otra ocasión.

El chiste es que crearon una representación de la llegada al astro, venciendo a sus rivales en poder, con la credulidad absoluta de toda la población. Muchos creyeron todo lo que les decían hasta la muerte, pero un grupo de personas descubrieron rápidamente la mentira, porque en esas representaciones nunca se vio al camino de leche. 

Después fue más fácil para ellos tapar toda la vista de cualquier astro para no ser cuestionados, todos excepto aquel que habían conquistado. Luna le llamaban.

Me es difícil creer que detrás de esa capa blanca haya astros que controlen la luz de nuestro mundo, aunque es cierto que cada 28 días la noche se ilumina más, ya las personas les cuesta trabajo regular sus emociones.

Misterios habrá muchos en este lugar, y me gusta creerlos, me divierte la abuela, son historias interesantes. Cómo aquel misterio cuando le pregunté: ¿De dónde sacaba la leche?