Un pequeño electrón puede estar entrelazado con otro electrón al otro lado del universo.
Cuando descubrieron el planeta Sigma 352 y vieron su compatibilidad de habitabilidad, se comenzó el plan de terraformación.
Durante muchos años, el hombre había pensado que debía llegar a la mesa puesta: esperaba encontrar un mundo con oxígeno y a una distancia cercana a soles que permitiera un clima habitable.
Era una visión muy infantil.
La situación debía crearse.
Tantos años de estudiar su propia evolución por fin le permitieron entender cómo extenderla y acelerarla.
Por medio del entrelazamiento cuántico, un solo electrón podía establecer comunicación con su semejante a distancias remotas del universo; este, a su vez, por su velocidad de desplazamiento y doblamiento dimensional, podía escanear sistemas enteros a altas velocidades y mandar toda la información recabada a su emisor en la Tierra, la base de inicio de todos los juegos.
Del mismo modo, los electrones podían saltar entre átomos de materia para formar nuevos elementos mediante instrucciones que hoy comprenden niños pequeños desde la educación preescolar.
Generar oxígeno, agua y elementos metálicos eran funciones básicas de las impresoras cuánticas; ya ni se diga dar forma a estructuras por medio de modelado y corte con luz.
“Láser”, se le llamaba en tiempos muy antiguos.
Terraformar entornos entonces no era una cuestión de supervivencia ni de aprovechamiento de recursos.
Los humanos aún disfrutaban de la construcción y la destrucción.
Diseñadores y arquitectos generaban entornos para admirar, explorar, crear formas para vender souvenirs efímeros; para que los visitantes disfrutaran de la destrucción de todo.
Y así se veían, por todo este universo, como pequeñas chispas de luz que brillaban, explotaban, se apagaban y volvían a surgir.
“Twinkle, twinkle, little star.”Eso sí, estaban confinados a la gran burbuja de su universo.
Otros seres no disfrutaban del comportamiento de bebés de los seres que aquí estaban prisioneros, por el bien del exoverso.
Eran una curiosidad encapsulada en una burbuja, exhibida en algún museo de un poblado recóndito, de pocos habitantes.