“Ya casi llegamos” decía Julia mientras patinaba de reversa, por el largo sendero curveado, pero muy liso y plano, haciendo que alcanzaran altas velocidades sobre sus ruedas. El camino estaba flanqueado por majestuosas palmeras de troncos lánguidos y unas flores con muchas semillas que salían de una especie de capullos debajo de las despeinadas hojas. Aún mirando a Cosmo, extendió el brazo y señaló al cielo tornando hacia adelante “debe develarse en cualquier momento por ahí.”
Entre las nubes se abría paso una enorme construcción, por supuesto blanca, pero de un banco reluciente y brillante, con cientos de ventanas decoradas, dos torres a los costados con campanales y una gran torre central que bajando la mirada daba paso a una majestuosa entrada con escalinatas por ambos lados.
El ambiente se sentía más claro, el metal reflejaba destellos en los acabados del barandal y los ventanales.
“Es por acá!” Continuaba de largo Julia sorteando raíces que salían por la tierra, enroscándose entre los barrotes de las escalinatas. Hábilmente escaló entre las ramas para llegar a un pacífico patio con hojas en el piso, una gran pared con pintura descarapelada con señales de envejecimiento y humedad y un gran árbol en el fondo.
Una sutil resolana se proyectaba sobre el piso. Cosmo estiró la mano y observó con intriga el oscurecimiento de las hojas en contraste con la claridad de los rayos del Sol. Intentó seguir la dirección de esa emanación volteando hacia arriba en busca de la fuente. Su mirada iba de arriba abajo.
“Puedes ver la fuente, y puedes ver su reflejo, pero nunca puedes ver la luz.
Son pequeñas particulitas, angelitos que van dibujando todo lo que hay, hubo y habrá, y nada puede ir más rápido que ellos, porque entonces las cosas aún no habrían sido dibujadas.”
Ni mires directo a la luz, que te dejará ciego. Al dibujante no le gusta que lo vean.”
“¿Cómo sabes eso?”
“Son las leyendas que cuenta la abuela, pero ella está re loca, ya sabes.
Vamos, es aquí en la pared verde” hizo Julia la señal con la cabeza mientras subía tres escalones que conducían a una pequeña puertita empotrada en la pared.
“¿Verde?” preguntó Cosmo extrañado de la palabra.
“Anda, entra ya!”
Se encontraron en una pequeña habitación muy iluminada con muebles cubiertos con sábanas, cortinas que difuminaban la intensa luz exterior y un gran espejo con decoraciones florales en su marco. Se miró, hace mucho tiempo que no lo hacía, se tocó el rostro y se saludó con la mano, observando las líneas de su palma.
Julia impaciente lo jaló de las alas haciéndolo rodar hacia atrás alejándose de su reflejo.
Pasaron por varias puertas que conducían a pequeñas habitaciones con características similares. Hasta llegar a un gran salón, donde en su centro se apreciaba un gran agujero producto del deterioro del tiempo.
“Ahí está!” Señalaba Julia a un refrigerador similar al de la abuela, que se encontraba al otro lado del gran boquete, que para abajo mostraba varios pisos con el mismo deterioro. Tal vez algo grande había caído haciendo ese gran agujero.
“¿Alguna idea geniecito?” Miraba fijamente al joven confundido.
Cosmo exhaló con mirada firme, dió la media vuelta y retrocedió.
“¿En serio? Ya te vas?!” Preguntó con tono decepcionado Julia.
Cosmo llegó hasta la pared junto a la entrada de esa habitación. Se dió la media vuelta y miró a Julia de reojo. Apoyó uno de sus patines a la pared y con un movimiento súbito se impulsó para tomar velocidad deslizando los patines. A toda velocidad se dirigió hacia el gran agujero y saltando desplegó sus alas.
Julia observaba mientras en cámara lenta, su quijada se abría grande, sus ojos se abrían grandes y su mano intentaba detenerlo, sólo alcanzando a rozar la punta de una pluma.
Cosmo parecía levitar majestuoso sobre el aire a la luz del gran agujero que se prolongaba también hacia arriba. Se estiró para alcanzar la manija del refrigerador redondeado que ya hacía en el borde del precipicio, abriendo la puerta que emitió una luz cegadora, pero a continuación Cosmo cayó trayendo consigo todo el electrodoméstico en una caída hacia los oscuros pisos debajo.
Julia siguió con su mirada perpleja la caída. Mientras dos figuras aladas saltaban del piso superior en la misma dirección del chico caído.