Esa mañana, el ingeniero Grinberg se retiró los lentes y miró por la ventana enfrente de su escritorio, frotándose los ojos y cubriendolos con ambas palmas de las manos, como extenuado queriendo asimilar una gran reflexión. Se levantó de la silla y miró una lista de actividades a realizar palomeando una de ellas.
Se aproximó a un refrigerador junto a su zona de trabajo dentro de una pequeña cabaña con acabados de madera clara.
Sacó una cerveza, la destapó, tomó un sorbo y dejó el envase encima del electrodoméstico de contornos curvados y color azul pastel.
Con paso lento y desganado, se aproximó a la puerta abierta de su pequeño hábitat y se detuvo un momento a contemplar el paisaje boscoso. Algo llamó su atención, un destello a la distancia alteraba lo cotidiano del paisaje.
Llamado por la curiosidad comenzó a caminar en esa dirección. Después de unos metros, comenzó a notar que enfrente a él se presentaba un camino que nunca había visto antes, volteo hacia atrás y vio el sendero por el que venía, perfectamente delineado, torno de nuevo hacia adelante y notó que ese espacio de tierra donde no crecía el pasto a causa del desgaste de pisadas se proyectaba a unos cuantos metros adelante. Continúo avanzando, y conforme daba pasos lentamente notó como el pasto y las hierbas se hacían a un lado para revelar más camino adelante. Siguió andando divertido e intrigado viendo como las plantas hacían movimientos sutiles hacia los lados y enterrándose en el suelo como desplegando un tapete para que él continuara su camino. Por unos momentos comenzó a trotar y luego a correr, riendo a carcajadas del asombro del extraño fenómeno que se presentaba ante sus pies.
Hizo una pausa cansado y jadeante del ejercicio que por su complexión rellenita, claramente no estaba acostumbrado a realizar.
Después de apoyar sus manos en las rodillas mirando al piso recobrando el aire, elevó la cabeza para encontrarse con un monolito perfectamente liso y reflejante frente a él. Se sobresaltó al ver su reflejo, pensando por un momento que una persona se encontraba mirándolo con asombro. Al entender su propia figura, rodeó el volúmen reflejante cuya altura abarcaba desde el piso hasta la copa de los árboles que lo rodeaban, que eran bastante altos. Se miró por unos momentos, hace rato que por estar encerrado en esa cabaña abstraído, no había notado la panza que había decrecido un poco por su mala alimentación, se sintió contento al no verse tan panzón, aunque aún había mucho trabajo por hacer, aproximó su rostro y las canas en su barba habían aumentado, y notó algo extraño en su ojo, un brillo atípico. Se aproximó más y vio el detalle de su ojo, enfocó un poco más y se vió a sí mismo reflejado dentro de su propio ojo. Y acercándose más vió el reflejo de sí mismo dentro del reflejo de su ojo. Cómo el efecto doppler de encontrarse dentro de un cuarto de espejos, donde uno puede ver su propia proyección hacia el infinito, pero cada capa se oscurece y se entinta en verde producto del material del vidrio.
Lo mismo pasaba aquí, el verde de sus ojos entintaba cada capa que alcanzaba a percibir, y la curvatura del ojo hacía que cada proyección fuera ligeramente más regordeta.
Pero entonces ¿cómo era él?, ¿como el reflejo inmediato? ¿o como él mismo reflejo se veía a sí mismo?
Intrigado por esa pregunta se intentó acercar un poco más para poder intentar percibir un reflejo más de profundidad, algo muy ambicioso porque los ojos son órganos pequeños, pero en ese momento en lugar de chocar con el espejo, lo atravesó con una sensación de caída desde la parte trasera de su cuerpo.
Una luz lo deslumbró por un momento, con aquella sensación de desmayo donde por un instante la vista se nubla y se siente un jalón desde la parte trasera de la espina dorsal, una “jalada’, para nuevamente dispersar su mirada y observar su reflejo en el espejo.
Dió un paso atrás nuevamente sorprendido con cara de asombro y observó que su ropaje había cambiado por una túnica blanca y contaba con un turbante en la cabeza, que tentó con sus manos para comprobar que estaba ahí. Extendió los brazos y giró para admirarse. Y al girar su vista se detuvo admirando la majestuosidad del techo decorado con patrones geométricos de color y arcos acebollados en una habitación que contaba con una gran cama con 7 mujeres dormidas.
Sus movimientos se volvieron lentos y silenciosos y se acercó lentamente a ellas para comprobar si eran seres vivos.
Se acercó y percibió la nítida textura de la piel y se inclinó para ver los finísimos vellos que emanaban de los poros y que brillaban al rayo de luz que se colaba por las ventanas. Con suma cautela aproximó su dedo índice al gluteo de la mujer más cercana para comprobar la textura, y al hacerlo ella soltó un tenue gemido somnoliento.
Otra vez más saltó hacia atrás del asombro. Miro hacia todos lados y ubicó una puerta, se escurrió sigilosamente y observó que estaba en un palacio con pasillos y jardines aún más asombrosos que aquel cuarto de dónde salió.
Se encontraba recorriendo los pasillos, admirando los arcos, mirando los patrones geométricos con verdadera cara de bobo. Nunca había estado en un espacio de estas características, no se parecía en nada a esos palacios europeos con angelitos pintados en el techo. Una voz susurrando detrás de su hombro lo sobresaltó:
“Su alteza, la ceremonia está por comenzar, sus invitados le esperan.”
El ingeniero solo permaneció mudo y decidió seguirle la corriente.
El ingeniero se deleitó en un gran festejo en su honor que duró días, y luego otro, y otro más. Descubrió que era un príncipe de algún lugar de oriente. Ganó peso nuevamente y vivió por años enteros sin preocupación alguna.
Recorrió todo el palacio. Todas las mañanas daba largas caminatas por los jardínes hasta los distantes muros que delimitaban el territorio.
Su pensamiento de ingeniero, trazó mapas mentales del plano arquitectónico del lugar, el espacio debió haber medido muchas hectáreas. También calculó mentalmente lo que esas filas de columnas y arcos eran capaces de cargar de peso de la estructura, y con base en esto las dimensiones colosales que tenían esas bóvedas doradas que cubrían el techo del palacio. Construir algo así debe dejar a un país entero en quiebra.
Desde las habitaciones y espacios del palacio no se alcanzaban a ver los muros del límite, pero le intrigaba que más había afuera.
Por un momento pensó que nada, que quizá ese era todo el mundo conocido y todos eran felices aquí.
Descubrió que tenía esposas e hijos, el lugar era tan grande y todos la pasaban tan bien, que ocuparse de ellos no era algo en sus prioridades.
Una de ellas era su favorita. Gaya, intempestiva y exótica, con historias fascinantes acerca de las plantas como organismo vivos pensantes y una extraña conexión con las aves. Con ella tuvo tres hijos, a quienes frecuentaba más, no por que los buscara él, ellos llegaban a hacerle cuestionamientos extraños, como si supieran que él no pertenecía ahí.
El con la soberbia que le ofrecía el conocimiento, intentaba dar respuestas a las interrogantes que no perturbaran el entendimiento de esas criaturas que poseían su apariencia y curiosidad.
Un día hastiado por la sensación de resaca que era ya un tedio en su vida de opulencia, decidió ir a la puerta principal que coronaba los límites de los dominios y demandó que lo dejaran salir.
Los guardias se negaron tajantemente alegando que sus padres habían dado instrucciones precisas de nunca abrir esas puertas.
“¿Mis padres?” Se preguntó.
El ingeniero regresó intrigado atravesando los plantíos y árboles frutales directo al palacio. Entró al gran salón y encontró a un juglar recitando información, el Rey negaba refunfuñando mientras la reina presionaba sus manos ansiosa y con angustia. Al escuchar la entrada del príncipe, el juglar cayó y se retiró. Habló con su padre que embriagado contestó que hiciera lo que quisiera, que nunca le había negado nada, pero lo cuestionó que para qué quería salir, si aquí había todo lo que quisiera tener. Pero la reina se negó tajantemente.
- “No! Allá afuera hay muchos peligros. La gente es voraz y no sobrevivirías ni un día. Es un “no”, y no hay discusión.”
¿Peligros? ¿Que podía haber ahí afuera que un labregón de mediana edad no pudiera sortear?
Así que lejos de asustarse, lo tomó como un reto, obsesionado con salir. Al principio intentó escabullirse, después con su ingenio intentó construir una escalera solo comprobando que los muros eran en realidad muy altos.
Intentó de todo, llevando a escenas realmente cómicas. Escaló los árboles, intentó saltar con una garrocha, intentó atravesar, así como algún día atravesó el espejo. Las consecuencias de varios intentos retrasaron sus planes al pasar algunos días vendado recuperándose de los impactos.
Caminaba un día pensando en nuevas formas de salir, dentro del laberinto hecho de setos del jardín, lugar al que conocía ya de memoria de tantos recorridos que había realizado por la vasta propiedad.
Se sentó un momento en alguna de las bancas del jardín y observó una extraña piedra con patrones en forma de espiral. Se acercó para recogerla y vió que era como si tuviera dibujado un símbolo de tres espirales entrelazadas, como un ying yang pero de tres uniones. Se quiso apoyar en el muro de arbustos para recogerla, pero su mano siguió de largo haciéndolo caer. Descendiendo más allá del piso por un pozo profundo que lo hizo rodar por un especie de tobogán, una vez que se detuvo, volteó del lugar por el que venía y vio un ojo de luz que le indicaba el trayecto, y hacia el otro lado solo se veía oscuridad. Gritó y un gran eco resonó por un largo tiempo.
Tentó con las manos, piso paredes y techo comprendiendo que se encontraba dentro de un túnel.
Tras pensar un momento decidió regresar por el lugar por el que vino.
Decidió salir corriendo al castillo por aditamentos para su excursión. Mientras se aproximaba a uno de los talleres de los artesanos del castillo, a paso acelerado, pasó cerca de la casa de sus esposas y se detuvo.
Cambió de rumbo y se dirigió al interior de esta. Al entrar miró a su alrededor y vio a Gaya entre todas las mujeres plácidamente conversando ataviada en joyas, pintándose las uñas y acicalándose el cabello, la cuál lo miró de reojo con desdén y continuó en su abstracción del momento.
“¿Por qué estás todo lleno de tierra?” Preguntó una voz a su lado.
Al voltear vio a los tres hijos de Gaya que lo observaban con curiosidad. Se agachó y les dijo:
“Niños, me han dicho que afuera, del otro lado del palacio hay un mundo diferente a este…”
Los niños se voltearon a ver los unos a los otros como en complicidad, ocultando un secreto
“Pero allá afuera es muy peligroso!” finalmente dijo la niña más grande.
“Si, eso me han dicho. Pero tengo que verlo yo mismo”
“Yo también voy!” Dijeron los dos más pequeños.
“No! primero déjenme ver a mi y les prometo que regresaré por ustedes”
Les acarició la cabeza despeinándolos y dándoles un fuerte abrazo.
El ingeniero recogió del interior del taller, cuerdas, un pequeño bote de combustible, palos, cuchillo. No tenía idea de lo que iba a encontrar.
Y en efecto, recorrió un largo y extenso túnel, donde a diferencia del palacio que estaba decorado con formas geométricas, el ingeniero iluminó con su antorcha paredes con representaciones humanas de un pueblo alabando a reyes y deidades.
Camino por mucho tiempo, perdió la noción del mismo por su trayectoria.
Cuando salió se encontró en la ladera de una montaña donde se podía ver un poblado en un valle. Descendió hacia allá entusiasmado por el paisaje que se presentaba ante sus ojos.
Poco a poco se fue aproximando al poblado viendo las chozas de palos y paja. Y fue observando a los pobladores, delgados hasta los huesos. Enfermos lacerados y cadáveres tirados sobre el lodo con insectos saliendo de sus cavidades. El impacto que recibió su visión fue brutal. Nunca había visto tal nivel de pobreza.
Decidió regresar lo más pronto que pudo al castillo, recolectó piedras preciosas de los 7 colores: jade, rubí, lapislázuli…
Regresó al poblado y se las entregó a la gente. Estos lo apedrearon con las mismas joyas, solo eran rocas y a ellos no les serviría de nada.
Después regresó y les llevó comida, la gente la devoró con voracidad pidiendo más y persiguiendolo como hordas de zombies queriendo también devorarlo a él.
Debía haber otra forma de poder ayudar a esta gente. Llevó herramientas con el fin de enseñarles oficios y a labrar la tierra. Al principio fueron bien recibidas, pero después aprendieron a fabricar armas y se abalanzaron sobre las puertas y muros del palacio.
Su insistencia logró penetrar los muros y en hordas comenzaron a destruir todo a su paso.
El príncipe buscó a Gaya, a sus padres e hijos y los escabulló por el pasadizo hasta salir por la ladera de la montaña. Desde ese punto se podía ver al palacio arder por un lado y del otro el poblado también.
Caminaron por días hasta llegar a las cercanías de una población más civilizada, se asentaron y Gaya le recriminaba “Y ahora ¿de qué vamos a vivir tonto?” El príncipe tenía la mente nublada. No podía invocar sus habilidades, o no sabía si tenía alguna, siempre había sido príncipe, o no?
Salió en busca de alternativas, y buscó y buscó. Y un día recordó “ Yo no soy de aquí, este es un sueño. ¡Tengo que despertar! ¡Tengo que despertar!”
Una anciana que lo observaba hablar solo y golpearse la cabeza con los puños. Al verlo tan desorientado, lo tomó del brazo y lo hizo entrar a su choza. Lo sentó en un tapete y preparó té.
El príncipe volteo alrededor de la humilde morada, y notó que no había ningún mueble, ninguna cama, ninguna pertenecía y preguntó “Anciana, porqué no hay ningún bien tuyo en esta habitación?”
“Muchacho ¿por qué no llevas ningún bien contigo?”
“Yo solo estoy de paso”, contestó el príncipe – “Yo también, contestó la anciana”
Le acercó una taza con una reverencia.
El príncipe aceptó y la cálida sensación del líquido caliente recorriendo su interior, lo hizo tranquilizar. “Savari” dijo ella.
“Savari, viajero, ése es mi nombre. ¿Cuál es el tuyo muchacho? “.
“Yo soy…” el príncipe dudó, no recordaba su identidad. Y su mismo cuerpo por un reflejo involuntario continuo: “Yo soy… Siddhartha”
“Escuché que decías que querías despertar, ¿por qué querrías hacer eso? ¿Despertar a dónde?”
- “Siento que no pertenezco aquí, a este cuerpo, a este tiempo, a esta historia”
“Tu lugar está, donde está tu corazón” respondió ella.
“Si tanto quieres despertar” continuó la anciana “ he escuchado que en el oriente hay monjes que lo han logrado, busca a los yoguis.
“Descansa y mañana podrás continuar tu camino.”
El príncipe despertó y se encontró en una morada abandonada. Miró a su alrededor y era como si nunca hubiera vivido nadie ahí. En el centro de la habitación donde debió haber habido los restos de una fogata y la tetera, encontró su roca con tres espirales entrelazadas. Se levantó y la sostuvo entre sus dedos, rodeándola con índice y el pulgar. La observó detenidamente, esta tornaba de color con la luz, pero un destello permanecia apuntando al este. Era como si le indicará una dirección. Así que decidió seguir el brillo y encaminó hacia donde el sol nacía.
En su camino encontró al Yogui Brayan. Este le orientaba a sentarse y callar a “la loca de la casa”, refiriéndose a la voz interna de su cabeza y no hacer nada. La conciencia plena de su cuerpo lo llevaría al despertar.
Permaneció inmovil si pensar, sin comer, solo respirando, en medio del bosque tropical, devorado por insectos, picoteado por aves. Que se alimentan de su carne como los humanos se alimentan de peces y otros mamíferos, esperando obtener su energía, así los insectos se alimentan de esta enorme figura, bajo su perspectiva, esperando alcanzar ese estado de divinidad, a través de consumir su energía. Esto calmó sus ansias pero la inactividad no ofrecería soluciones.
Caminó y caminó, por la estepa, por la selva, por los bosques, por los valles, por montañas, perdiéndose en los caminos, y por donde no los había. Vagando consumiendo sólo lo necesario y despegándose de la vida misma, de sus recuerdos y de sus misiones, enfrentándose a serpientes, evitando felinos, comiendo hierba, saltando entre ramas.
Viajó más al este y encontró un templo con monjes, recordó que buscaba. Ellos clamaban que para despertar, era necesario masajear el interior del cerebro con cánticos. También lo intentó.
Por costumbre solía manipular su piedra de tres espirales. Un día en su práctica, sujetó en su mano la piedra, y noto que la vibración del sonido de la “M” continua y profunda entre su paladar y sus fosas nasales, le hizo ver patrones geométricos como ondas de agua rebotando en un cuenco, pero ésta sensación era tan intensa que se proyectaba justo en la oscuridad de su entrecejo iluminandola.
Al abrir los ojos notó unos haces de luz alrededor de las personas, no se percató si no hasta después de un tiempo que esos colores cambiaban dependiendo del estado de la gente que observaba, ya que los monjes eran muy estables en su sentir.
Esta visión se iba perdiendo si no se practicaban los cantos.
Pero los monjes le dejaron otra enseñanza. En las raras ocasiones que dedicaban tiempo de descanso a su introspección, los más jóvenes acudían a las laderas del Himalaya con cometas de su propia fabricación. Unos escalaban una cumbre y otros aguardaban abajo sosteniendo una larga soga que amarraba a uno de los escaladores.
Una vez arriba, al monje de la soga lo equipaban con la cometa, y este saltaba para permanecer flotando a las corrientes de aire de la alta cordillera.
Mientras observaba al joven rapado, que flotaba con su toga púrpura al viento y la cometa a su espalda pensaba. “Quizá vuelva algún día aquí”.
Los monjes le dijeron que esta era una representación del cordón de plata, una práctica que sólo los más grandes iluminados alcanzaban, desprendiendo su alma del cuerpo.
El príncipe siguió su camino al oriente contando sus aprendizajes, experiencias y búsqueda, encontrándose con diversos guías espirituales.
Era recordado por quienes lo conocieron por llevar frecuentemente su piedra entre el índice y el pulgar. Al referirse a él hacían el ademán, de la mano, dejando un hueco donde debería estar la piedra.
Mezclando las técnicas aprendidas en su viaje lograba entrar en trances profundos que lo hacían tener visiones, con seres demoníacos de fuego, cuerpos femeninos de muchos pares de brazos y construcciones geométricas en formas piramidales. Esos trances duraban días y semanas. Estar inmerso en estas introspecciones deterioraba su cuerpo haciéndolo cada vez más flaco y débil.
Su apariencia de príncipe había quedado muchos días y kilómetros atrás, ahora se veía como aquellos pobladores semi zombies de la aldea cercana al palacio del que salió.
Escuchó en su andar, que más al oriente, atravesando aguas, encontraría portales que lo harían despertar a otras realidades. Escuchar esto detonó de inmediato sentido y motivación.
Llegó al límite de la tierra y un barquero se ofreció a llevarlo del otro lado, donde los límites de la tierra concluyen. A cambio le pidió un óbolo.
El ex príncipe y ahora viajero le externó que no contaba con pertenencias.
“Lo que llevas entre los ojos bastará”
El barquero hizo un ademán de tomar algo del entrecejo del viajero, al realizar esta acción, su figura emitió un aura oscura y humeante. En sus visiones anteriores nunca había visto una energía así emanar de las personas. Un escalofrío recorrió su escuálido cuerpo. No sintió miedo, pocas cosas perturbaban ya su paz.
El viaje fué muy extremo, grandes olas se levantaban como grandes montañas. El barquero sorteaba cada una de ellas con gran maestría. Había altos ascensos y vertiginosos descensos. El viajero solo estaba, inamovible, sentado en la punta de la barca con su mirada puesta en el este.
El barquero lo depositó del otro lado de las corrientes de agua. Y lo despidió con el ademán del índice y pulgar unido, realizando una reverencia.
El viajero descendió y vió ante sí un gran volcán con pico nevado y en la cercanía, un gran marco hecho de leños pintados de rojo con remates estilizados. Majestuosos plantado en un pastizal, como una ventana transparente hacia la misma naturaleza que lo rodeaba.
Él se aproximó lentamente y al colocarse frente a esta estructura notó que en la viga de arriba, justo en el centro, se encontraba el mismo símbolo de tres espirales. El viajero aproximó la mano al interior de su túnica y sacó la piedra observando que el haz de luz apuntaba hacia el interior del marco.
Acto seguido, el viajero se desplomó.
El viajero comenzó a escuchar un fuerte barullo y pitidos que lo hicieron despertar.
Al abrir los ojos vió una palmera muy alta con sus hojas en forma de estrella cubriendo con su sombra los rayos del Sol, haciéndole creer por un momento que se encontraba en un lugar tropical, pero ante la el profundo ruido que ocurría a su alrededor, se incorporó observándose en una rotonda rodeada de vehículos, que transitaba a su alrededor.
Estos iban y venían de todas direcciones, en ocasiones se paraban y emitían sonidos agudos y personas asomaban sus cabezas desde el interior para gritarse los unos a los otros.
Más allá de los vehículos se alzaban grandes edificaciones hechas de espejos que reflejaban el brillo del sol en todas direcciones, y justo en frente, más adelante sobre una avenida, se alzaba una columna con un ser alado de oro vinilando desde la punta, inmóvil. “Un ángel” pensó.
Se puso de pie e intentó salir de la rotonda, los vehículos le pitaban fuertemente y las personas del interior lo insultaban mientras él intentaba llegar a una orilla que parecía segura.
Una vez llegada a una zona que parecía segura, vio personas hincadas sobre una superficie de piedra sólida estirando la mano implorando caridad, así como aquellas que vió saliendo del castillo, pero estos se veían bien comidos, también vió personas caminando de prisa sosteniendo portafolios, jóvenes en grupo riendo, mamás sosteniendo de la mano a sus hijos mientras les hablaban severamente, personas desplazándose en tablas con ruedas… Observó como ríos de personas fluían, así como lo hacían los vehículos.
Caminó lentamente en la dirección que la misma acera tenía. Al caminar sintió su reflejo siguiéndolo en uno de los cristales de las edificaciones. Se aproximó para observar su túnica, barba y turbante. Se veía muy flaco y desmejorado, se acercó un poco más para observar su mirada, una mirada opaca e iris grisáceos. Se iba a acercar un poco más para observar el detalle de su pupila cuando una voz de mujer por detrás lo interrumpió con un enérgico: “Tenga!”, entregandole un contenedor de cartón amarillo, el cual sostuvo confundido mientras la mujer desaparecia continuando su ruta.
El hombre vio en el interior donde un trozo de carne ya hacía entre dos porciones de pan. Lo sacó y dio una mordida, que iluminó y reconfortó todo su interior como aquel té que le ofreció la anciana Savari.
Decidió sentarse, cruzar las piernas en posición de loto, hacer una reverencia y terminar de degustar lentamente aquel regalo del universo.
El sol de la tarde iluminaba su rostro, y sintió un sopor que le causó una paz que no había encontrado en sus meditaciones.
Desenredo su turbante y al hacerlo cayeron siete piedras preciosas de diferentes colores. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí? Recordó su piedra especial, metió la mano a su túnica y ahí la halló colocándola también sobre su turbante extendido sobre el piso.
Tres jóvenes se aproximaron rodando hacia él. Su livianez de desplazamiento y la decoración de sus atuendos a contraluz los hicieron ver ante los ojos del viajero como una aparición angelical.
“¿Cuánto cuesta esa roca?” Preguntó el más joven de ellos.
El cuerpo del viajero se quedó inmóvil, y nuevamente por impulso, como si un espíritu hablará por sí mismo, la boca del viajero dijo: “Savari Kensi”
- “Eh?” Preguntó el joven intrigado.
El viajero intentó cubrir la roca como protegiéndola de la vista y los rayos del sol, y su cuerpo repitió “ Savari Kensi, Savari Kensai” todo este gesto a ojos de los curiosos que se habían reunido ya parecía un ritual, donde el monje bendecía las rocas, causando admiración entre los presentes.
El viajero recordó las palabras de la anciana, cuyo nombre pronunciaba ahora sin razón. “Solo estoy de paso”.
Comprendió que no tenía sentido conservar dicha roca, así que le dijo al jovén: “Tenla, es tuya.”
“¿En serio?!” El joven observó intrigado el patrón espiral. Frotó rápidamente la roca al notar los brillos extraños, y con esto descubrió que el calor de la fricción hacia que estos colores se intensificaran aún más. Lo mostró a sus dos acompañantes quienes miraron con asombro.
“Gracias!” reverenciaron los tres jóvenes repitiendo la frase escuchada: “Savari Kensi’.
El viajero sonrió y los vió alejarse, mientras los curiosos preguntaban por el precio y propiedades de las demás rocas.
El viajero miró con atención ese momento, el sol iluminando su rostro, el bullicio de la calle, los muchachos alejándose, y arriba la figura de un ángel dorado mostrándole una corona de laureles. Sonrió y se permitió cerrar los ojos para sentir el calor del sol y respirar un momento el olor a té.
“A té?”
El viajero abrió los ojos y se encontró ahora en una habitación iluminada de forma tenue por la fogata que se encontraba frente a él con una olla emanando vapor.
Se sobresaltó por la visión que acababa de tener y el repentino cambio de ambiente. Un anciano se aproximó a la olla y con un cuenco sacó líquido, para entregárselo a su invitado.
“Ten, te va a reconfortar el alma”. Dijo el anciano sentándose frente a él y sorbiendo también de un cuenco. nuevamente la cálida sensación del líquido caliente recorriendo su interior lo tranquilizó.
“Hay que saber apreciar la belleza en las pequeñas cosas” continuó el anciano. “El agua vibrando, el calor del fuego, su luz.
Gracias a esa luz las sombras pueden existir, entes bidimensionales que no saben que hay otras dimensiones que los proyectan. Así como nosotros, que existimos gracias a la energía de la luz.
Ellos aprecian la polaridad de la oscuridad y la luz, el ying y el yang; así nosotros debemos saber apreciar los pocos colores que se nos permite ver, la radiación del sol que se cuela por las ventanas, los sabores, los aromas.”
Inhalo profundamente oliendo la esencia de hierbas del té. Cambió de olla y nuevamente transformó la esencia del agua con hierbas y carne, añadiendo pasta de semillas para crear una sopa que el viajero apreció con detenimiento.
“Hikari” dijo el anciano, señalando la luz de la fogata.
El viajero se quedó un tiempo a acompañar al anciano, aprendió a transformar el agua en deliciosos alimentos. También le enseño a ayudarle y apreciar las “tareas invisibles”, todas esas actividades que nadie apreciará pero que hacen que la vida se mantenga en movimiento, lavaba trastes, ropa y apreciar el arte en ello, no solo en la cocina, actividad que disfrutó, si no en el detalle en los acabados, el doblado, y acomodo de los objetos. Le enseñó a escribir usando la tinta con el enfoque y precisión que lo mismo en una pluma como una espada requieren.
También aprendió del oficio principal del anciano, que consistía en transformar en líquido el metal para poderlo manipular, y después sumergirlo nuevamente en agua para que el material poseyera dureza. El anciano fabricaba herramientas que vendía a los habitantes, que acudían a su morada a equiparse.
El viajero fue comprendiendo las propiedades de los diferentes metales y pensó en la posibilidad de generar nuevas herramientas. Una tarde se presentó ante su maestro y le presentó su nueva creación, una espada forjada a la perfección con una dureza y corte impecable y se la entregó.
El anciano cambió su semblante y la recibió con serenidad. – “Kesni, guerrero” pronunció pronunciando un sútil lamento. Se levantó con ella y la guardó.
Una tarde un campesino vino a adquirir productos y vio la espada. Al principio el anciano se vió renuente pero terminó cediendo en la venta.
Al poco tiempo fue llegando más gente solicitando las magníficas espadas. Estas fueron vendidas en ceremonias solemnes con juramentos hacia un uso honorable.
Una mañana un grupo de guerreros llegaron a asaltar el poblado, portando máscaras rojas con rostro de demonio, la sorpresa fue ver a los guerreros blandir las espadas creadas por el anciano artesano y su discípulo.
El viajero tomó una de sus espadas y con la misma gracia con la que se desempeñaba con la pluma, utilizó el arma defendió a los pobladores y el anciano de los atacantes.
Los pobladores se unieron a la defensa. El viajero se vió rodeado por los siete atacantes más poderosos. Se plantó firmemente ante ellos en posición de ataque poniendo la hoja de metal ante su rostro donde pudo observar sus propios ojos, los vió enrojecidos de furia, y como por un impulso de luz las máscaras de los demonios atacantes volaron por los aires junto con las almas arrancadas de los cuerpos de los asaltantes.
La batalla había terminado, cobrando muchas vidas. El viajero ahora convertido en guerrero, se dirigió a la choza en llamas del anciano, donde lo vió convaleciente.
“Tu misión ha concluido aquí eres ahora un guerrero viajero, ve, lárgate y defiende mejor a los tuyos, Ve a tu lugar demonios!, a dónde se encuentra tu corazón!” El último aliento del anciano fué esta última oración.
El ahora Savari Kensi se puso en marcha por el camino por el que llegó, atravesó con decisión el portal de madera roja, vislumbrando el mar que dividía el resto de tierra por recorrer.
Sobre el cielo se comenzó a vislumbrar una aurora que formaba un mandala con espirales.
En ese instante el Fuji hacía erupción emanando una nube blanca enorme cubriendo toda la bóveda celeste, nublandolo todo, al grado que no podía ver más allá de un metro a su alrededor.
Un sonido angelical sonó en todo el ambiente y un aviso en la misma niebla apareció ante sus ojos con el mensaje: “El tiempo de esta etapa ha concluido. Esta es una experiencia de Gelfish. Vuelve pronto”.
Por primera vez en días, meses, años o décadas, no sabía cuánto tiempo había transcurrido, se sintió realmente perturvado. Ni la opulencia de los reyes, ni la aventura por las ramas, ni la paz de los monjes, ni el foco de la creación, la ira de las espadas, lo hizo sentir tal desesperación.
“No, no, esto no ha acabado! Necesito más tiempo! más tiempo! Voy a volver por ellos!”
El ingeniero Grinberg se retiró los lentes y miró por la ventana enfrente de su escritorio, frotándose los ojos y cubriendolos con ambas palmas de las manos, como extenuado queriendo asimilar una gran reflexión. Se levantó de la silla y miró una lista de actividades a realizar palomeando una de ellas.
Se aproximó a un refrigerador junto a su zona de trabajo dentro de una pequeña cabaña con acabados de madera clara.
Sacó una botella de leche, la destapó, tomó un sorbo y dejó el envase encima del electrodoméstico de contornos curvados y color azul pastel.
Con paso lento y desganado, se aproximó a la puerta abierta de su pequeño hábitat y se detuvo un momento a contemplar el paisaje boscoso.