Hay sueños recurrentes que nos persiguen, yo tenía varios.
Uno de ellos consistía en una ola gigante, un verdadero tsunami.
Otro de ellos era la caída de aviones, donde incluso llegué a soñar con la caída de transbordadores espaciales. Quien sabe a dónde viajaban esos artefactos, porque al espacio, seguro no.
Y uno tercero tenía que ver con el caer a bordo de un vehículo, a un barranco en una carretera.
La escena era brumosa, como navegando en la neblina, y el vehículo solo se desbarrancaba y caía de un precipicio sin fin, esperando solo el momento del impacto. Era un momento de calma total y absoluta, un silencio sólo esperando el final, cerrando los ojos. En el vehículo había gente a mi lado y atrás. No lograba distinguir quienes eran mis acompañantes, pero siempre supe que estaban ahí.
Otros no eran recurrentes, pero si muy memorables. En una tarde de siesta de adolecente un sueño concluyó en una escena donde veía la silueta de un ángel en contraluz al final de un túnel. Desperté llorando, simplemente fue una escena hermosa, como si hubiera tenido una visita en sueños.
Otros fueron muy especiales, porque modifique la vista del sueño a voluntad, como controlando un videojuego, me he visto al espejo en sueños, no una, sino varias veces. Un día hice el ejercicio de ver la palma de mi mano reflejada en un espejo y ver la letra que se forma con los pliegues de mis líneas de la vida.
“A” era la letra.
Dicen que eso es despertar a tener sueños lúcidos. Lo que no estoy tan seguro es si es del todo lúcida ésta realidad, a veces creo que la veo brumosa, borrosa, más onírica que mis propios sueños, se que es realidad por la continuidad de sucesos en mi vida, por las estrictas reglas de la física, y por lo duro que es la supervivencia y el pesar de la existencia, pero en ocasiones los recuerdos del día de ayer son tanto o más brumoso que los recuerdos de mis sueños.
Para mi crisis de la mediana edad, que comienza temprana y se acaba hasta que uno deja de moverse del todo, en uno de mis cumpleaños, se me ocurrió que me quería aventar de paracaídas.
Si, esa crisis de saltar al vacío, vivir al extremo, aprender a surfear incluso, todas esas cosas.
El chiste es que un día soñé que saltaba, y al saltar alcanzaba a ver como la cola de la avioneta se salpicaba de sangre, mientras, alcancé a percibir un caos de gente rodando en el aire, y yo caía bajo el ruido ensordecedor de la avioneta.
Al final fuí y me aventé en un avión, y la sensación de caer no es muy diferente a algo que haya soñado antes.