Con la gran explosión, todos los libros se habían tornado blancos, no solo en su portada, sino también en su interior. Era a causa de el sol que les dió de una forma peculiar en el blanqueamiento, y por el roce de las manos que los desgastan tocandolos al pasar; y también, probablemente, del hecho que nadie desde ese periodo los había abierto hasta ahora, a pesar de contar con mucho tiempo para poder hacerlo. Sin embargo había muchos, por todas partes, y cuando digo esto, en realidad reitero que podían encontrarse en lugares completamente fuera de contexto. 

Así que formaban pasillos interminables de repisas de un color blanco intenso y puro, como de templo romano. Altos, majestuosos.

Y sobre esos pasillos interminables seguían rozandolos con las yemas de los dedos, los cypher ducks. Pasaban a toda velocidad sobre sus patines de 4 ruedas, también con sus trajes emplumados todos luciendo de blanco.

Las calles vacías y la quietud habían permitido recolectar plumas de un color blanco puro, depositadas por las aves a su paso. También muchos seres animales y vegetales habían sido robados de su color, reflejando la totalidad de ellos en un solo tono luminoso, y cuándo nos referimos a muchos, era un gran porcentaje, mientras otros pocos habían por el contrario, intensificado sus tonos, muy raros de encontrar.

Los Cypher Ducks eran jóvenes y rodaban silenciosamente, pero lo hacían con gran destreza.

Todo comenzó cuando se mudaron a esta vecindad que colindaba con el parque.

Era un parque de un tamaño pequeño, se alcanzaba a ver por entre sus veredas, de extremo a extremo del parque.

Alrededor, la vecindad estaba conformada de casas que se mezclaban con la vegetación, algunas eran parte de los árboles, o los árboles eran parte de las casas. Se habían fundido entretejiendo las ramas y raíces con el metal y el concreto.

Estos árboles que cohabitaban con las casas conservaban un sutil color en sus hojas. O dicho de otro modo, si un árbol tenía hojas con color era un buen lugar para asentarse.

Cosmo vivía con su tío, y solían ayudar a la abuelita del piso de arriba a acomodar las compras. A ella le era complicado bajar diariamente por las ramas que habían devorado las escaleras, así que Cosmo y su tío se habían ofrecido a realizar las labores domésticas a cambió de los exquisitos guisos sazonados que preparaba la abuelita con tanta paciencia y esmero.

Mientras el parque comenzaba a inundarse de los aromas de la cebolla y el ajo sobre la plancha, los más jóvenes, recorrían los estrechos senderos dentro del parque familiarizandose con las 4 ruedas de los patines que había heredado de sus madres antes de su partida. 

Descubrieron la forma en la que los patines podían adherirse a algunas ramas simplificando la subida en ciertos casos, pero en otros, era una trampa mortal, por lo que fueron evolucionando el poder intercambiar ruedas con diferentes materiales y consistencias para acceder a más terrenos.