La Agencia Espacial Mexicana se atribuyó su primer éxito en el dos mil doce, cuando ante la creencia de que el mundo podría acabar, científicos descifraron en el calendario Azteca instrucciones para construir vehículos espaciales.
En lugar de construir un taxi espacial, decidieron construir una “pecera”. Esto porque el piloto designado, “El Checo”, un conductor entrenado para soportar altas fuerzas de gravedad, era muy apegado a su familia y en un vehículo pequeño no cabrían.
Y esto fue un gran acierto, puesto que la abuelita de la familia Perez, al salir de la atmósfera terrestre, se dio cuenta de la consistencia líquida del espacio por ella se acuñó el término de “Atole”, por la viscosidad donde flotaban los objetos.
Este gran descubrimiento de Doña Pérez permitió a explicar la lentitud del desplazamiento de la luz, el Giro como de licuadora que conservaba las galaxias y sistemas rotando alrededor de remolinos, el porque los cohetes a base de fuego no funcionaban fuera de la Tierra, porque todos los cuerpos celestes tienen forma de burbuja y porque los globos son más eficientes para salir de la atmósfera.
Resultó que el agua, considerada como líquido escaso y valioso en la tierra, era infinitamente abundante, y los animales marinos serán más aptos para desplazarse en un medio espacial que los terrestres.
Las ideas espaciales de mediados del siglo veinte, como el hombre en la Luna y la carrera espacial pasaron a ser desmitificados, y se convirtieron en cuentos para niños de seres antiguos como aquel, donde Atlas sostenía la tierra sobre sus hombros.
Los Pérez y la “pecera” espacial sentaron el precedente para toda la nueva teoría del Big Splash.