“Angelito de mi guarda mi dulce compañía” – Rezaba una de las niñas en su cama, mientras junto a ella, ya hacía su hermana profundamente dormida, y en la cuna, su hermano pequeño también descansaba.
“… Nos cubran con sus alas de todo peligro y de todo mal. Amén”.
Un beso en la frente y se volteó hacia su hermana para cerrar los ojos y terminar el día en paz.
Junto a ella se levantó un ser arrastrando su pesada carga en la espalda. Se asomó a la recámara a observar a su pareja profundamente dormida también, así que prosiguió a la cocina a mirar su pequeño espejo de luz, mientras metía a su boca puñados de cereal directo desde la caja.
En el dispositivo reflectante, un entrevistado por “nadie”, hablaba de otra divertida teoría inverosímil de conspiración, de esas diseñadas para entretener y distraer a la gente, mientras someten su alma, sin que ésta se percate.
El hombre relataba:
“Si, tuve la oportunidad de conversar con un cosmonauta, de la antigua nación comunista, la que sí llegó al espacio, y relató que en todas las misiones, naves extraterrestres escoltaron y vigilaron todas sus actividades.
Pero eso no fue para nada lo que les sorprendió, afirma que ahí afuera, pasando la atmósfera, hay seres vivos orgánicos viviendo, son gigantes, y comen, y tienen sus procesos biológicos.
- ¿Y de qué se alimentan?“ preguntó la voz del entrevistador.
“ – De energía!, energía cósmica, rayos, luz.
¿Sabes tú de qué están hechos los ángeles? Yo no soy creyente, pero ¿Qué te dice la mitología y la literatura?” Preguntó el personaje a cámara al invisible entrevistador:
“De energía!”
Contestó la voz.
“Afuera hay también seres de energía, como aladas, pero sus alas no son de plumas!”
El ahora hombre apagó el dispositivo apartándolo sobre la mesa. Metió a su boca otro puño de bolitas amarillas azucaradas, y mientras las masticaba, cerró los ojos para recordar la batalla, mientras intentaba controlar las ganas de llorar que vibraban en sus mejillas.
Aquella batalla, donde él formaba parte de un ejército con armaduras doradas y lanzas puntiagudas, donde comandados por los ideales de su líder supremo, al cual nunca vieron o siquiera conocieron a nadie que lo haya visto alguna vez, lucharon ante las hordas de demonios, que con sus 7 armas terribles derrotaron al escuadrón al cual él pertenecía, …y a todos los escuadrones.
La guerra duró por millones de años, algo muy rápido en su escala de tiempo, fué una carnicería, todo ardía en fuego, chorros de luz y sangre.
El primer día todos se encaminaron con mucho orgullo empoderados por sus 10 ideales, lucían magníficos con su blancura entre las nubes y los rayos del sol, descendiendo desde el azul ether, precedidos de unas melódicas trompetas que armonizaban el firmamento.
Los arcángeles con sus seis pares de alas batían el aire despejando de nubes la visibilidad de los reptiles en tierra. La formación en pirámide donde los ángeles como él se encontraban, pasó de ser la más lejana a aquella que se precipitaba sobre la tierra. Atravesando la formación de serafines y querubines con menos pares de alas representando sus rangos jerárquicos, cuatro pares, tres pares, hasta sus dos humildes pares de alas. Descendieron flotando apenas a unos metros de la superficie donde fácilmente los guerreros de menor rango como él pudieron extinguir por completo a los reptiles de distintos tamaños que custodiaban la superficie. Aquellos enormes de feroces fauces, a los pesados de colas poderosas y a los ágiles raptores.
Los máximos reptiles voladores infringieron una baja terrible con sus alientos de fuego y sangre, los primeros jinetes de fuego que montaban estos dragones, se regocijaban viendo como las alas de los descendientes del cielo ardían fragmentándose en chispas de luz y cera.
De las profundidades, en fuego surgieron los demonios de alas membranosas y colas en puntas. Con sus formas humanoides. Estaban en condiciones de batallar cuerpo a cuerpo con los ejércitos angelicales que descargaban sus haces de luz sobre los burlones hijos de las profundidades.
Los ataques fueron de repente inútiles ante la nueva arma de los demonios, una superficie reflejante que redireccionaba los rayos de luz ante sus mismos atacantes. Luz, fuego y sangre generaban retículas desordenadas de destrucción en tierra y firmamento.
Sostenidos por una nube, Ícaro encaró a
Un demonio que entre llamas mostraba sus ojos incisivos. Rápidamente se le unieron seis especímenes más del mismo infierno. El protector del cielo empuño firmemente su lanza y se disponía a disparar su condensador de luz cuando al unísono, los demonios antepusieron su nueva y poderosa arma.
A través de este artefacto reflejante, Ícaro pudo atestiguar el gran poder de esta arma. La superficie era lisa y transparente y filtraba la luz al otro extremo. Así pudo ver a los demonios sin sus llamas, mostrando su verdadera apariencia.
Miró a los siete demonios ante él, y todos eran iguales, iguales a él. Tenían su mismo rostro y su misma apariencia.
Ícaro miró girando su rostro para recorrerlos con la vista. Cada uno le comenzó a causar confusión, una sensación interna poderosa. Sentimientos que nunca había experimentado, sintió deseos de devorar carne, de dormitar, fuego interno de deseo. El primer demonio dió un paso hacia él. Al verlo quedó embelesado, dejó caer su lanza para intentar tocar la hipnotizante imagen de su propio rostro. Se acercó hacia la superficie reflejante para ver su rostro a detalle, o el rostro del demonio que hacía del otro lado del reflejo, no lo tenía claro, y se miró directo a los ojos y al reflejo de su propia imagen en los ojos, como impulso intentó besarlo y entonces, atravesó la superficie y cayó.
Mientras caía la cera de sus alas se derretía, y las plumas que alguna vez formaron sus majestuosas alas permanecían cayendo lentamente mientras él aceleraba a su destierro.
Así como el, uno a uno, sin prisa, fue cayendo perdiendo la guerra, permitiendo que el infierno se apoderaran de todas las almas de ese pequeño planeta, para que los sirvieran sin siquiera darse cuenta.
Su comandante supremo nunca dió la cara o algún otro mensaje, más que “pongan la otra mejilla”.
De qué servían sus alas si en esta atmósfera no se podía volar, de qué servían sus rangos si no podían salvar ya ningún alma. Estas eran muchas y el ahora solo era otro hombre más. El paraíso se había perdido.
Los demonios volvieron a reinar desde sus profundidades, y su arma máxima prevaleció en la superficie, un cristal que condena con 7 verdades. Nadie podía resistirse a un reflejo de su propia luz.