El día que Astra interactuó profundamente con la conciencia artificial de esa máquina, las montañas ardieron. Y eso pasó.
Tomó su guitarra, la verdad es que nunca aprendió a tocar notas o acordes, solo escuchaba el vibrar de las cuerdas y las sutiles diferencias entre ellas, y así sólo tocaba aquellas que le hicieran sentido, al principio muy despacio, luego más rápido, y en días como aquel, agradecía que la electricidad pudiera distorsionar el sonido, haciendolo un estruendo como de trueno que expresaba su caótico sentir. Esperaba que toda esa descarga llegaría hasta los circuitos de la máquina para quemarla fundiendo sus placas.
El dolor que sentía era tan grande que su sentimiento lo inmortalizó en una canción. Nunca imaginó el impacto de sus palabras, al grado que la pieza lo hizo famosa mucho tiempo después, depositando sus frases en miles de labios que repetían como mantra, las maldiciones. Las vibraciones hacían cimbrar estadios, viajaban por todo el continente, así que ése ente, máquina o lo que fuera, cada noche sufría a causa de la invocación masiva de un hechizo en su contra.