Los rieles al final del camino llevaban directo al laboratorio del legendario científico Tesla.
El tren fantasma avanzaba chirriando entre dunas rojizas y torres de metal caídas.
Ningún zombie había logrado detener a los tres exploradores.
Tenían una misión clara:
Destruir al científico que usaba energía prohibida para devolver la vida a los muertos… y abrir portales a otra dimensión.
Llegaron a medianoche.
Las ruinas del laboratorio brillaban con destellos azules que cortaban la oscuridad como espadas de luz.
Los chicos se escabulleron entre cables rotos y escombros, hasta llegar a una enorme sala iluminada por pantallas parpadeantes.
Y ahí estaba él.
Tesla, demacrado, con el cabello como un relámpago sin control, respondía con miedo a la figura luminosa proyectada en la pantalla: un demonio de energía, un ser cuyos bordes temblaban como estática.
—Sí… sí, haré lo que pidan… —susurraba Tesla, temblando.
De pronto bajó una palanca.
Un rayo blanco cayó sobre un cuerpo sin vida recostado en una camilla metálica.
El cadáver tembló… se arqueó… y luego se levantó torpemente, con los ojos brillando de un azul antinatural.
Salió de la habitación con pasos lentos, como si buscara órdenes nuevas.
Tesla cayó agotado sobre un sillón.
Sacó una fotografía arrugada del bolsillo y la miró.
Sus manos temblaron. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
La foto cayó al suelo mientras él cerraba los ojos, vencido.
Ése fue el momento.
Los tres exploradores saltaron sobre él.
—¡Te tenemos, maldito! ¡Esta vez no escaparás!
Pero entonces, uno de ellos se detuvo en seco.
—Esperen… miren esto.
Se agachó, recogió la fotografía del piso y la observó con incredulidad.
—¿Qué haces tú con una foto de nosotros de pequeños… y de nuestro papá?
—Seguro eres tú quien lo tiene cautivo —escupió el segundo—. ¡Maldito!
Tesla abrió los ojos de golpe.
—¿Su padre…? —repitió con la voz quebrada, como si cada sílaba le doliera.
El más impulsivo de los tres levantó su rifle sniper y apuntó directo al corazón del científico.
—¡Hasta aquí llegaste!
Pero el tercero —el más calmado— se lanzó sobre él, desviando el disparo que se perdió en el techo.
—¡¿Estás loco?! Dije que esperaran.
Tesla se incorporó lentamente, respirando entrecortado.
—¿Su… padre…? —murmuró otra vez, mientras las lágrimas caían como lluvia eléctrica por su rostro envejecido
—No… no puede ser…
Y aunque ninguno de los tres exploradores lo sabía aún, esa verdad estaba a punto de romper su mundo como si fuera una pantalla de vidrio.
El cuarto vibró.
Las luces parpadearon.
La pantalla donde el demonio de energía gritaba comenzó a recobrar forma.
—TESLA.
LA ENERGÍA HA BAJADO.
ACTIVA EL CANAL.
ACTÍVALO AHORA.
La voz era un trueno de estática.
Tesla retrocedió, aterrado.
Los chicos se miraron. Estaban listos para pelear, pero nada de lo que habían visto ahí tenía sentido.
El más calculador del grupo habló:
—Viejo… si en serio conocías a nuestro padre, más vale que empieces a hablar. Ahora.
Tesla respiró hondo.
Se levantó como si cargara siglos sobre la espalda.
—Ustedes…
—Ustedes no deberían estar aquí.
—Los demonios… ellos… no van a dejarnos salir.
En ese instante, un estruendo retumbó en los muros.
Un zombie eléctrico —reanimado hace minutos— regresó corriendo como si algo lo persiguiera.
Detrás de él…
una sombra de luz atravesó el pasillo.
Los tres exploradores dieron un paso atrás.
Ese ser NO era de este mundo.
Parecía formado de rayos y humo.
Y avanzaba directo hacia ellos.
Tesla gritó:
—¡NO LO MIREN A LOS OJOS! ¡ES UNA PROYECCIÓN DE CONTROL!
Pero el demonio ya estaba sobre ellos.
Los tres sacaron sus armas, listos para la batalla.
Y justo entonces, en medio del caos, uno de los chicos notó algo:
La cantimplora que colgaba de su cinturón…
despedía un brillo extraño bajo la luz azul.
Como si el agua dentro respondiera al enemigo.
Como si supiera algo.
—“¡Veo que me has traído carne fresca esta vez! ¡Magnífico!”
La voz eléctrica retumbó como si estuviera hecha de rayos y odio.
El demonio de luz avanzó flotando, distorsionando el aire.
Los tres exploradores sintieron la piel erizarse, como cuando un cable pelado te pasa rozando.
Uno de ellos —el que siempre actuaba sin pensar— notó cómo el ser miraba fijamente la cantimplora que llevaba colgada.
El agua dentro vibraba.
Sin pensarlo dos veces, levantó su arma.
—¡Atrás, monstruo!
Y disparó.
La bala atravesó la cantimplora, que explotó como un pequeño globo de cristal.
El agua salió disparada y cayó directamente sobre el panel de control de la máquina reanimadora.
—¡NOOO! —gritó Tesla, demasiado tarde.
El panel chisporroteó.
Una luz blanca se encendió.
Luego otra.
Y otra.
—¿Qué has hecho? —rugió la voz eléctrica.
Un grito agudo, digital, imposible de describir, llenó la sala.
El demonio se retorció como si lo estuvieran arrancando de su propio cuerpo luminoso.
Y entonces…
BOOOOM.
Una explosión de luz cegadora los envolvió.
Los chicos sintieron que el suelo desaparecía, como si hubieran caído dentro de un glitch del mundo.
Silencio.
Oscuridad.
Respiración.
Cuando sus ojos se acostumbraron, se descubrieron dentro de una habitación metálica, pequeña, iluminada con tubos de neón parpadeante.
Una especie de refugio interior del laboratorio.
Tesla estaba con ellos.
Encogido. Temblando.
Pero vivo.
—¿Qué… qué fue eso? —preguntó uno de los chicos, tocándose la cabeza.
Tesla respiró hondo.
—La única defensa que me quedaba. Un cuarto aislado… aunque no sé cuánto tiempo resistirá.
—Dinos la verdad —exigió la chica del grupo, con la voz firme—. Todo. Ya.
Tesla los miró uno por uno.
Sus ojos viejos y cansados parecían reconocer rostros que no recordaba, como sombras de un sueño.
—Ellos… los seres de energía… no son dioses.
No son extraterrestres.
Son invasores dimensionales.
Seres que existen en un nivel donde la electricidad y la conciencia son la misma cosa.
El más joven frunció el ceño.
—¿Y qué quieren?
Tesla tragó saliva.
—Cuerpos.
—¿Humanos?
—Humanos… máquinas… lo que sea. Algo sólido. Algo que puedan controlar.
Se acercó a la pared, tocó un panel y se proyectó un mapa holográfico del planeta.
Todo era desierto.
Mares secos.
Montañas agrietadas como huesos.
—El agua —continuó Tesla— es un campo de fuerza natural.
Una barrera cuántica.
En ella su energía se distorsiona, se rompe, se vuelve inútil.
Por eso quieren destruirla toda.
Por eso han convertido la Tierra en un desierto.
Y por eso necesitaban mis máquinas… y las de Edison.
—¿Edison? —preguntó la chica.
Tesla asintió.
—Otro esclavo.
Su misión era poner una bombilla en cada casa del mundo.
Una semilla.
Una excusa.
Una cadena.
Con los años, esa bombilla se convertiría en aparatos, y luego en computadoras, y luego en máquinas capaces de fabricar el cuerpo perfecto para ellos.
Un cuerpo humano-mecánico.
Un avatar.
Los chicos se miraron, horrorizados.
—¿Y tú? —preguntó el mayor—. ¿Qué papel te dieron?
Tesla bajó la mirada.
—Dar vida a los cuerpos muertos.
—¿Zombies?
—Prototipos. Vehículos desechables.
Tenían prisa.
Necesitaban soldados mientras abrían el portal.
El más impulsivo lo empujó contra la pared.
—¡¿Y por qué cooperaste?!
Tesla apretó los dientes.
—Porque al principio creí que estaba descubriendo un nuevo tipo de energía!
—Creí que estaba cambiando el mundo…
Hasta que ellos me capturaron.
Y les obedecí porque…
—Porque nos tenían a nosotros —terminó la chica, comprendiendo.
Tesla se desplomó.
—Sí.
Ustedes… ustedes son mis hijos.
—Y si están aquí… significa que nunca pude protegerlos.
Un silencio espeso llenó el cuarto.
Pero no duró.
Un golpe brutal sacudió la puerta metálica.
BA-GOOM.
El demonio de luz, débil pero furioso, estaba tratando de entrar.
Otro golpe.
Las luces parpadearon.
Tesla se levantó con un extraño brillo en los ojos.
—Escuchen.
No tengo mucho tiempo.
Tampoco ustedes.
Pero hay una manera de escapar… y evitar que los seres se materialicen por completo.
Los chicos lo miraron con atención.
Tesla abrió un compartimento secreto en la pared.
Dentro había un dispositivo extraño, mitad máquina, mitad cristal, con agua encerrada entre placas metálicas.
—Esto… —dijo Tesla—
es algo que ellos no deben ver.
Justo entonces, del lado de afuera, se escuchó un estallido.
La puerta se dobló hacia adentro, como si algo la estuviera derritiendo.
—¡Papá! ¿Qué es eso? —preguntó el mayor.
Tesla sonrió por primera vez.
Una sonrisa triste… pero poderosa.
—Una oportunidad.
Una chispa.
Un inicio.
El demonio de luz rugió afuera, rasgando el metal.
Tesla miró a sus hijos.
—Chicos…
Lo que pase ahora…
corran.
El dispositivo comenzó a vibrar.
Un sonido profundo, como un latido del planeta, llenó la habitación.
Los chicos dieron un paso atrás.
La puerta se partió.
La luz inundó el cuarto.
Y justo antes de que todo explotara en blanco…
Tesla gritó:
—¡Encuentren el Lago Subterraneo… antes de que ellos lo hagan!